Trump se va. El trumpismo se queda.
El magnate ya tiene planes de un regreso en 2024. Y si no es él, será probablemente su hijo, Donald Jr., quien tome la antorcha.
Gustavo Sierra
gustavohectorsierra@gmail.com
9 de noviembre de 2020

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Una reflexión indispensable para proyectar esta “inédita normalidad” en la que se resignifiquen las relaciones del ser humano con la tecnología y el medio ambiente.

Urbano contra rural. Los que tienen títulos universitarios contra los que no los tienen. Mujeres contra hombres. Estados Unidos era un país dividido antes de las elecciones y lo es aún mucho más después de la votación. Todo es confuso, caótico, desordenado. Y los americanos que, en general, hasta hace poco se reservaban sus opiniones partidistas para un pequeño grupo de amigos, ahora grita consignas a uno y otro lado de la grieta. Donald Trump supo meterse en esa división, la azuzó y la profundizó para convertirse en el líder de un movimiento inédito de gente que ya no cree en la democracia para resolver sus conflictos, que quedaron fuera de la globalización y la revolución científico tecnológica y que desconfía absolutamente de los partidos y los políticos. En ese sentido, Trump continuará siendo la figura aglutinadora de esa corriente que constituye la mitad del electorado. Y si no es él, como ocurre con todos los líderes populistas autócratas, siempre tiene alguien en la familia para pasarle la antorcha. En este caso es su hijo, Donald Jr., quien ya dijo que estaría feliz de tomar su puesto.

Hay algunas cifras muy elocuentes que marcan que el trumpismo es mucho más que un movimiento de ultraconservadores que llegaron a la presidencia gracias a las artimañas de Rusia. A pesar de los diez millones de infectados y los 235.000 muertos por la pandemia y el negacionismo de Trump, de acuerdo a los sondeos realizados después de que la gente haya emitido su voto –las encuestas previas volvieron a fracasar-, el 47 por ciento aprueba el trabajo del presidente. El porcentaje de negros que votaron por Trump, a pesar de la brutalidad policial y el racismo, subió al 12%. Hace cuatro años había sido del 8%. Y lo mismo sucedió con los hispanos más allá de los insultos contra los mexicanos, las deportaciones y el muro en la frontera, un 32 por ciento votaron por Trump, comparado con el 28 por ciento de hace cuatro años. Y en Florida, el apoyo latino aumentó al 47%, la más alta para un republicano desde George W. Bush en 2004. En el condado de Miami-Dade, dominado por los que llegaron de Latinoamérica, Trump recibió 532.409 votos, cuando hace cuatro años había obtenido 333.999.

A Ronald Reagan lo llamaban “el presidente de teflón” porque nada se le pegaba. Trump es ahora el líder de la resiliencia. Para su electorado de 68 millones de votantes nada importaron los cuatro años de escándalos, mentiras, impeachment o las muertes por coronavirus que se podrían haber evitado. Obtuvo cinco millones más de votos que en 2016. Trump está blindado de grafeno, el material más resistente que hay hoy en el planeta.

En estos dos meses y medio que le quedan en la Casa Blanca va a llevar sus políticas de choque hasta una colisión fenomenal. Durante la campaña anunció que presentaría al Congreso una serie de medidas para terminar con el seguro de salud ampliado conocido como Obamacare, cualquier restricción al uso de armas, mayor transferencia de materiales bélicos (que regresaron de las guerras en Afganistán e Irak) a las policías locales, el uso de fuerzas especiales para reprimir protestas como lo hizo con los disturbios del Live Black Matter, mayores concesiones a Wall Street, etc. Es probable que fracase en todos estos temas, pero cuando tenga que dejar la Casa Blanca –por las buena so por las malas- y vuelve a su torre de Nueva York, no se quedará durmiendo la siesta. Ya adelantó que tiene planes de crear una nueva cadena de televisión para competir con su aliada Fox News. Desde allí armará su campaña para volver a presentarse en 2024, cuando tenga 78 años. En tanto, seguirá tuiteando permanentemente a sus 88 millones de seguidores en esa red social. “Si algo queda claro en los resultados de las elecciones es que el presidente tiene un gran número de seguidores y no tiene la intención de abandonar el escenario a corto plazo”, dijo en una entrevista en CNN el ex senador republicano Jeff Flake de Arizona.

Trump deja un legado de populismo nacionalista que lo convierten en la figura de un movimiento que persistirá en el tiempo en la sociedad estadounidense.

Incluso, si decidiera tomarse unos meses antes de retomar la vida política, muchos en Washington creen que la fila de gente que se formaría frente a su residencia floridiana de Mar-a-Lago para pedir su apoyo en diferentes causas, llegaría hasta los Cayos caribeños. Sam Nunberg, que fue estratega en la campaña de Trump en 2016, le dijo al New York Times: “El Presidente seguirá siendo un héroe dentro del electorado republicano. El ganador de las primarias presidenciales republicanas de 2024 será Trump o el candidato que más se le parezca y que él apoye”.

Y todo esto constituye una rareza en la política estadounidense. El último presidente de un solo término que intentó regresar fue Herbert Hoover en 1932. Ni Ford (1976), ni Carter (1980) ni Bush padre (1992), que también perdieron sus reelecciones, quisieron volver al ruedo. Tampoco fueron figuras aglutinantes dentro de sus partidos. Aceptaron su posición venerable de ser ex presidentes, con una biblioteca extraordinaria con su nombre y sus trabajos (una tradición americana) y por encima de toda disputa política. Apenas algunos comentarios irónicos en sus libros de memorias o alguna declaración en favor del candidato de turno de su color.

Pero Junior terminó ganándose el respeto de su padre cuando se encargó de contratacar a la presidenta del Senado, Nancy Pelosi, y otros enemigos de su padre. Mientras acometía en forma discreta algunas tareas que le daba su padre para contactarse con gente en reuniones que no quería que trasciendan. Y al comenzar la campaña de reelección viajó por todo el país para armar alianzas y organizar actos. “Don Jr. representa el centro emocional del universo MAGA (Make America Great Again, el lema trumpiano)”, dijo al New Yorker, Jason Miller, un asesor de la campaña. Las cuentas de Junior en Twitter, Instagram y Facebook tienen un total de 11 millones de seguidores y son engranajes vitales en la máquina de mensajes republicana.

Donald Junior fue quien dirigió la Organización Trump en estos cuatro años de ausencia de su padre, construyendo hoteles y condominios de lujo, pero le tomó el gusto a la política y, sobre todo, al poder. Después de pasar gran parte de su vida adulta buscando un propósito, Junior parece haber encontrado uno en la política. Se transformó durante la presidencia de su padre. En los últimos meses dejó en gran medida sus obligaciones de vicepresidente ejecutivo de la empresa familiar. Se divorció -después de 12 años de matrimonio y cinco hijos- de Vanessa Haydon, que detestaba la política washingtoniana y se fue a vivir con su novia de los últimos dos años, Kimberly Guilfoyle, ex presentadora de Fox News y comentarista conservadora que fue la encargada de finanzas de la campaña de reelección del presidente.

Donald Trump Jr. ya anunció que seguirá los pasos de su padre y se postula como su sucesor político.

E incluso, si Trump no quisiera presentarse, su hijo Donald Jr. ya dijo a los cuatro vientos que estaba más que dispuesto a tomar su antorcha. Cuando Trump se postuló a la presidencia en 2016, Junior, que ahora tiene 42 años, participó de la campaña, pero en un papel muy secundario. Su hermana Ivanka y su marido, Jared Kushner, fueron muy influyentes en ese momento y lo siguieron siendo en los cuatro años siguientes en la Casa Blanca. A Trump Jr., por el contrario, se le asignaron tareas pequeñas y discretas. Organizaba algunas fotos de campaña, recibía a personajes menores y hacía de filtro en la puerta del departamento de la Trump Tower. Fue cuando se sintió más seguro y arregló una entrevista entre su padre y un abogado ruso que prometía trapos sucios sobre Hillary Clinton, un encuentro que más tarde se convirtió en el centro de la investigación de Robert Mueller sobre la posible conexión entre la campaña Trump y el gobierno ruso. La defensa del equipo del presidente en ese caso se redujo al argumento de que había sido “obra de un idiota”. “De ninguna manera fue realizado por un sofisticado actor político”, dijo Chris Christie, ex gobernador de New Jersey y asesor cercano de Trump. Michael Cohen, en ese momento el abogado personal de Trump, dijo tiempo después a un comité del Senado que “el presidente Trump fue muy rápido en decir a todo el mundo que cree que Don Jr. tiene el peor juicio de cualquiera que haya conocido en el mundo”. O, como el propio presidente repite, según The Atlantic, “no es el cuchillo más afilado del cajón”.

Donald Trump puede hacer algunos berrinches –como en el video que todos vimos hasta el cansancio-, iniciar mil causas judiciales para que le recuenten unos votos y hasta atrincherarse en la Casa Blanca, pero tendrá que irse. Y si bien la mitad del país y del 80% del resto del mundo cree que se va en desgracia, que se trata de un presidente accidental, para el otro 50% de los estadounidenses sigue siendo el líder de sus causas. Puede intentarlo nuevamente en cuatro años o pasarle el mando a su hijo, pero ya es un referente político en la escena estadounidense como no lo fueron ninguno de sus antecesores. Es mayoritariamente la expresión del descontento de los blancos de los suburbios alejados y los pequeños pueblos que le van a seguir creyendo lo que dice, más allá de que sean en su enorme mayoría apenas mentiras. Trump se va. El trumpismo se queda.

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