Pinochet murió hace 15 años. El pinochetismo goza de muy buena salud
El dictador chileno falleció el 10 de diciembre de 2006. Muchos de sus seguidores ahora se agrupan detrás de la candidatura de José Antonio Kast, quien disputará la presidencia la próxima semana con el izquierdista Gabriel Boric.
Gustavo Sierra
gustavohectorsierra@gmail.com
14 de diciembre de 2021
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El baile de los que sobran

La segunda vuelta de las elecciones en Chile enfrenta a la extrema derecha con la izquierda apoyada por el Partido Comunista. Pero la clave sigue estando en los que no votan, que son más del 50%. Y esto deja a cualquier alternativa sin representatividad suficiente.

“¡¡¡Desagradecidos!!!”, gritó el general Augusto Pinochet con rostro desencajado. No podía creer que los obreros de la construcción que estaban trabajando en levantar el nuevo edificio del Congreso Nacional, en Valparaíso, lo estuvieran chiflando y abucheando. Cuando comenzaron los golpes de pala contra los hierros de los cimientos, Pinochet dio media vuelta como si estuviera revisando a las tropas y se retiró indignado. Era la imagen perfecta de ese general en el que había confiado el presidente depuesto Salvador Allende y terminó encabezando el golpe de Estado. El hombre que se había convencido de que había “liberado” a Chile y que iba a seguir en el poder, con mano de hierro, hasta la eternidad. Él que estaba construyendo una nueva sede del Poder Legislativo pensando en una supuesta apertura. Claro que lo había trasladado a 100 kilómetros de Santiago, bien lejos del Palacio de La Moneda, donde él pensaba perpetuarse. Lo daba todo y se lo pagaban con nada. Bueno, con la repulsa.

         Otro general, el “mamo” Contreras, que dirigía la Dirección Nacional de Inteligencia especializada en torturas y desapariciones, se encargó de hacer desaparecer cualquier rastro de lo ocurrido. Los camarógrafos de la Televisión Nacional, el Canal 13 y la Presidencia habían grabado la escena. La orden fue tajante: si llega a salir alguna noticia del asunto, “los vendremos a buscar, al tiro”. Sus esbirros confiscaron todas las imágenes y las destruyeron. O eso creían. Unos meses más tarde de este acontecimiento, a fines de 1988, un colega corresponsal de una cadena de televisión estadounidense me mostró las imágenes. Las había comprado a un camarógrafo amigo que había logrado hacer una copia inmediatamente después del hecho en un canal de Valparaíso. Pinochet acababa de perder el plebiscito por el que pensaba legitimar su poder y el clima en Santiago era de un gran temor a las represalias. De todos modos, varios corresponsales decidimos editar el material y darlo a conocer en la misma semana. Cuando nos vinieron a buscar un grupo de esos tipos trajeados y bigote recortado, ya hacía unos días que no íbamos por la oficina. Una llamada certera del Departamento de Estado de Washington calmó las aguas. Pero “una fuente cercana” a la actividad diaria de Pinochet nos dijo que el general estaba “en llamas”. Festejamos con un carmenere de la bodega Los Vascos (sí, lo recuerdo porque esa semana había estado en esa viña de Colchagua donde me regalaron la botella).

Admirador de la dictadura de Augusto Pinochet y en sintonía con líderes como Jair Bolsonaro, Donald Trump y el partido Vox español, el ultraderechista chileno José Antonio Kast se presenta como el candidato del orden para Chile.

         La segunda vez que salté de alegría fue en octubre de 1998 cuando Pinochet fue detenido en Londres. Ocurrió mientras el ex comandante en jefe se encontraba internado en la London Clinic debido a una intervención quirúrgica por una hernia en la zona lumbar. Fue por una orden del juez español Baltazar Garzón justificada por la muerte de ciudadanos españoles en Chile durante el periodo de dictadura. Dicen los que estaban ahí que el general volvió a indignarse tanto como cuando los obreros lo abuchearon. Su amiga Margaret Thatcher no pudo salvarlo de semejante sinsabor. Estuvo 503 días en prisión domiciliaria. Cuatro médicos y un neurosicólogo determinaron que no estaba en buen estado de salud como para soportar un juicio y lo soltaron. El “moribundo” Pinochet llegó a Santiago el 2 de marzo, rechazó la silla de ruedas y caminó sonriente saludando a los nostálgicos de su régimen que habían ido a recibirlo.

         La tercera vez que tuve ganas de saltar, no lo pude hacer. No me alegro de la muerte de nadie, ni siquiera de Pinochet. Pero sí sentí lo que bien expresa el antiguo refrán de “muerto el perro, muerta la rabia”. Más que una alegría fue un alivio. El mismo que sintieron la gran mayoría de los chilenos que ya habían logrado una muy exitosa transición democrática. Fue el 10 de diciembre de 2006, hace exactamente hoy 15 años. Tenía pendientes 300 cargos penales por violaciones a los derechos humanos, evasión de impuestos y malversación durante los 17 años en que usurpó el poder y tenía que justificar cómo había acumulado al menos 28 millones de dólares con su sueldo de militar.

         El país seguía polarizado, una mayoría festejaba y los nostálgicos lloraban. Los uniformados le dieron una despedida de ex comandante en la Escuela Militar de Santiago y se hizo una larga cola en el barrio de Las Condes para despedirlo. Las imágenes que veía por televisión eran las de los rostros que me hacían acordar a otras intervenciones de Pinochet cuando aún ostentaba el poder. Señoras mayores que gritaban “¡prensa extranjera, mentirosa y embustera!” mientras unos tipejos lanzaban desde atrás monedas de cobre que abrieron más de una cabeza de periodista. Michelle Bachelet, la entonces presidenta, le negó el funeral de Estado que reclamaba la familia y los nostálgicos. Tenía más que motivos, su padre fue un general de brigada de la Fuerza Aérea apresado el 11 de septiembre de 1973 por permanecer fiel al gobierno constitucional de Salvador Allende y que poco después murió en la cárcel. Ella misma fue torturada junto a su madre en el centro clandestino de Villa Grimaldi.

El general golpista, Augusto Pinochet, que gobernó con mano de hierro durante 17 años.

         Pinochet murió, pero el pinochetismo goza de buena salud. Durante años, los nostálgicos se abroquelaron en los dos partidos de derecha que habían apoyado la dictadura, Renovación Nacional (de donde salió el presidente Sebastián Piñera, aunque él siempre se opuso a la continuidad de Pinochet) y la Unión Democrática Independiente, la UDI, armada alrededor de los civiles que daban letra a los militares. Intentaron alejarse de ese pasado y aceptaron las reglas democráticas. Se alternaron en el poder con la Concertación de centro-izquierda. Se civilizaron. Hasta que apareció José Antonio Kast, el candidato de extrema derecha, salido de la UDI, que compite la próxima semana (el domingo 19) con Gabriel Boric, de la izquierda, en la segunda vuelta de las presidenciales. Kast reivindica a Pinochet, más allá de que aglomeró a todos los chilenos que detestan el caos de las protestas y tienen miedo de que el país revierta todo lo que se avanzó en desarrollo económico hasta ahora.

         Kast habla con lenguaje pinochetista. Dice “pronunciamiento militar” en vez de golpe de Estado o “gobierno militar” en vez de dictadura. Delante de un grupo de corresponsales, el mes pasado, este hijo de un guardia nazi explicó de esta manera su visión en la que separa al pinochetismo de otras dictaduras: “No hay punto de comparación con lo que ocurre en las dictaduras de Cuba, donde llevan más de 70 años de dictadura, ni con la narcodictadura de Venezuela y ni con la dictadura de (Daniel) Ortega en Nicaragua…Dígame si las dictaduras entregan el poder a la democracia y si hacen una transición a la democracia y se respeta. Eso es lo que no hacen otros países y en Chile se hizo”.

         Muchos de los ahora seguidores de Kast estaban en los alrededores del Hospital Militar de Santiago cuando a las 14:15 del domingo 10 de diciembre de 2006 los médicos dieron por muerto a Pinochet. Tenía 91 años. Los nostálgicos estaban en vigilia desde una hacía una semana, cuando lo ingresaron por un infarto de miocardio. Al enterarse de la noticia lloraron mientras mostraban fotos de un general joven y semisonriente y cada tanto se lanzaban a cantar “Puro Chile…”, el himno nacional. Un rato más tarde, la histórica Alameda Bernardo O’Higgins comenzó a llenarse de gente que celebraba y gritaba “ya cayó, ya murió el dictador”. Todo terminó en la madrugada, con algunos disturbios y varios embriagados cantando canciones de Los Prisioneros y recitando poemas de Neruda.

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