La Era de lo Imprevisible
Sí, 2021 será mejor. Con muy poco lo podría lograr. Aunque siempre está la Ley de Murphy: todo es susceptible de empeorar. Además del Covid, tendrá que trabajar arduamente para conseguir más democracia y menos desigualdad.
Xavier Mas De Xaxas Faus
28 de diciembre de 2020

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El nuevo humanismo de post-pandemia

Una reflexión indispensable para proyectar esta “inédita normalidad” en la que se resignifiquen las relaciones del ser humano con la tecnología y el medio ambiente.

Desde Barcelona

Los periodistas no tenemos una bola de cristal. No se crean a quien diga lo contrario. Los grandes acontecimientos de la historia pasan por delante de nuestros ojos sin que nos enteremos. Andamos ajetreados tomando nota del día a día, redactando el borrador de la historia y nuestra capacidad de leer el futuro es propia del más farsante de los nigromantes.

A los periodistas nos salva que nuestra ignorancia sobre el más allá es común también entre casi todos los académicos, y no digamos si son sociólogos dedicados a predecir resultados electorales.

Confieso que yo estuve entre los analistas que en 2016 dieron por seguro que los británicos no se irían de la UE y que Donald Trump no ganaría la presidencia de Estados Unidos. No tengo perdón porque hace un año tampoco supe anticipar que el coronavirus de Wuhan se extendería por el mundo.

Pero no se preocupen, antes del verano de 1989 tampoco nadie anticipó que la caída del muro de Berlín era inminente y arrastraría a todos los regímenes comunistas de Europa oriental. Dos años después, nadie se creyó, asimismo, que Sadam Husein desafiaría a Estados Unidos invadiendo Kuwait y nadie advirtió cuando empezó el 2001 que ese mes de septiembre Osama Bin Laden iba a cometer el peor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbor.

A partir de aquí, quedan advertidos de que todo lo que yo pueda pensar sobre el 2021 seguramente no pasará y es muy probable que sucedan cosas que ahora no soy capaz de imaginar.

Lo más fácil es pensar que el 2021 será mejor que el 2020, pero acuérdense de la ley de Murphy, según la cual todo es susceptible de empeorar. El virus acaba de mutar en Inglaterra y parece que la nueva cepa es mucho más contagiosa. Así que todos quietos.

Pero traicionaría mi optimismo innato si no pensara que el 2021 será un buen año. No sólo mejor que el 2020 sino un buen año por sí mismo.

Estados Unidos, para empezar, tendrá un presidente más coherente, comprometido con el orden internacional que ha gestionado el mundo desde la Segunda Guerra Mundial. No estoy seguro de que esto sea algo bueno de por sí. Al mundo, más bien, le hace falta otro orden. Pero viniendo de un 2020 tan convulso, un poco de vieja normalidad nos irá muy bien.

Los dos principales desajustes que afrontamos todos son el declive de la democracia y la imparable desigualdad socioeconómica. Ambos problemas se han agravado durante la Covid-19 y tienen muchas opciones de mejorar cuando ésta receda en el 2021.

La Casa Blanca de Joe Biden es previsible que deje de apoyar a los autócratas del mundo oprimido y refuerce lazos con los gobiernos democráticos de Europa, Asia (lástima que no haya muchos) y Latinoamérica.

JOE BIDEN, VIENE A ENFRENTAR EL POPULISMO QUE CORROE A NIVEL GLOBAL.

La Unión Europea, por su parte, ha salido reforzada de la pandemia. La Covid-19 la ha hecho más fuerte. El fondo de recuperación es una gran noticia. Permitirá resucitar a unas economías moribundas y prepararlas para un futuro más verde, digital y sostenible.

La UE tiene muchos problemas. El desafío populista de Polonia, Hungría y otros países es uno de ellos. Pero ha sabido encontrar soluciones creativas para salir adelante. A lo largo del 2021 veremos una UE que avanzará hacia la integración de la sanidad pública.

La influencia de la UE en el mundo también sale reforzada de la Covid-19. Es evidente que no es una superpotencia geopolítica, no tiene ejército ni aspira a tenerlo. Pero sus regulaciones afectan de manera muy directa a cientos de millones de personas en todos los continentes.

Las compañías multinacionales adoptan las regulaciones de la UE porque son las más estrictas y, en consecuencia, las que más mercados les abren. El resultado es un mundo mejor, más justo y sostenible.

Las regulaciones de la UE determinan cómo se talan los árboles en Indonesia, cómo se produce miel en Brasil y cacao en Camerún, cómo han de alimentarse las reses argentinas y cómo se han de abonar los campos de maíz de Nebraska.

Deciden, asimismo, cómo se protege la privacidad de los usuarios de Internet y cómo se combate el odio que prolifera en las redes sociales.

La UE se enfrenta a los grandes gigantes tecnológicos, como Google, Amazon, Facebook y Apple. Opina que son demasiado grandes y ahora Estados Unidos empieza a pensar lo mismo. En 2021 veremos el principio del fin de su gigantismo.

Washington y Bruselas podrán unir esfuerzos para limitar el poder de estas compañías y también para combatir el cambio climático. Creo que en los próximos meses veremos noticias muy positivas en estas áreas tan determinantes para el futuro del hombre.

La UE cree en el hombre. Más que ninguna otra institución en el mundo. Si regula cómo han de fabricarse los automóviles y los teléfonos es pensando en el individuo.

Brexit. Vamos para aquí. No, vamos para allá.

Si algún porvenir le queda a la Ilustración es Europa. No creo que debamos preservarla tan como es. Todo lo sacralizado es nocivo. Pero sí que hemos de mantener al hombre en el centro del Universo, justo donde lo colocaron los ilustrados.

La alternativa a esta concepción de la vida y los valores que de ella derivan, principios como la democracia y los derechos humanos, es el autoritarismo, la autocracia, la teocracia y el populismo nacionalista.

Vemos cómo año tras año estas formas de gobierno amplían su poder. Lo hacen tanto en las democracias avanzadas como en los regímenes absolutistas. Sus líderes con vocación de führers, son Donald Trump, Jair Bolsonaro, Daniel Ortega, Nicolás Maduro, Xi Jinpin, Narendra Modi, Rodrigo Duterte, Ali Jamenei, Mohamed Bin Salman, Bashar el Asad, Beniamin Netanyahu, Recep Tayyip Erdogan, Vladímir Putin, Víktor Orban, Jaroslaw Kaczynski… La lista aún es más larga.

Estos dirigentes consideran que la democracia liberal está obsoleta, que al pueblo se le sirve mejor desde el despotismo ilustrado o, mejor aún, desde el despotismo a secas. Todos salvo Trump siguen en el poder.

El 2021 arrancará con Donald Trump saliendo de la Casa Blanca y organizando un movimiento de ultraderecha con el objetivo de recuperar el poder en el 2024. Deja la presidencia pero no la política. Ahora que ha saboreado los privilegios del cargo más influyente que hay en el mundo, no puede volver a gestionar hoteles, casinos y campos de golf, aunque lleven su nombre.

A principios de año está previsto, asimismo, que China proclame a los cuatro vientos que ha erradicado la pobreza y ya es una nación “moderadamente próspera”. El 1 de julio, el Partido Comunista Chino cumplirá 100 años. Todo el mundo estará invitado a la fiesta. No se preocupen por la Covid-19, que si en algún lugar se habrá superado será en China.

Los estudiantes de Hong Kong estarán en clase o en la cárcel. Los uigures estarán en los centros de adiestramiento, trabajando como esclavos para la prosperidad moderada del Imperio Medio. La marina china extenderá su poder sobre el Pacífico porque la Navy ha dejado de ser un rival insuperable.

Joe Biden no tendrá asunto más complejo que las relaciones con China. Rusia sigue siendo demasiado pequeña para que Estados Unidos la tome en serio. Por muchos piratas informáticos y fuerzas expedicionarias que tenga, Putin no puede competir con China, EE.UU. y la Unión Europea, los tres gigantes de hoy. Su economía es demasiado pequeña y depende tanto de los hidrocarburos que no tiene un buen porvenir.

Putin puede hacer ruido, y lo seguirá haciendo en el 2021, pero ni siquiera el arsenal nuclear es ya una ventaja estratégica. No lo es tampoco para Irán y tampoco para Corea del Norte. Veremos negociaciones para reducir estos arsenales.

La guerra comercial que Trump ha iniciado con China seguirá adelante, especialmente en el terreno tecnológico. Estados Unidos y la Unión Europea aunarán esfuerzos para frenar el avance de las empresas chinas en áreas estratégicas como las redes 5G.

5G, la madre de todas las batallas tecnológicas.

De este pulso debería surgir una nueva relación. China forma parte del futuro de todos. No debe ser aislada y, mucho menos, vencida. Sería una estupidez intentarlo. No solo porque es imposible sino porque China tiene tanto que aportar, empezando por la lucha contra el cambio climático.

Las cadenas de producción de la economía mundial pueden buscar otras fábricas en el sudeste asiático pero sería mucho mejor que utilizaran su influencia para que China mejore las condiciones laborales y medioambientales de las suyas.

China seguirá extendiendo su poder por el mundo más marginal, aquel al que las instituciones financieras occidentales nunca le dan un crédito. Compra tierras y votos en los organismos multilaterales, construye infraestructuras que le dan acceso a materias primas en países sin estado de derecho que violan los derechos humanos y lo hace sin exigir a cambio ningún comportamiento ejemplar. África seguirá siendo china y buena parte de América Latina, también.

Si algo nos ha enseñado la pandemia de la Covid-19 es modestia y si algo nos dejará cuando poco a poco vaya diluyéndose será más desigualdad. Junto al deterioro de la democracia, la desigualdad es el gran reto que tenemos por delante y en pocas regiones es más flagrante que en América Latina.

¿Cuántos millones de latinoamericanos, las clases trabajadoras más que nadie, se ha quedado sin acceso a la sanidad pública? ¿Cuántos países han seguido el ejemplo de Uruguay y han invertido un 20% del PIB en sanidad durante los últimos diez años? Uruguay ha colocado al ciudadano en el centro de sus políticas sociales. Parece que el resto de países latinoamericanos no le siguen.

Las clases altas y medias latinoamericanas que pasan sus vacaciones en Europa y Estados Unidos trajeron consigo el virus cuando regresaron a casa a principios del 2020. Quien más ha sufrido la enfermedad y las consecuencias de la crisis económica, sin embargo, ha sido quien no tiene dinero.

A pesar de que los latinoamericanos sólo representan el 8% de la población mundial han pagado con casi un tercio de las muertes que ha causado la Covid-19. Las economías de la región, con una caída media del 8%, han sufrido más que las de ninguna otra región del mundo excepto la Eurozona, con el agravante de que no hay una Unión Latinoamericana ni un banco capaz de levantar un fondo de recuperación como el europeo.

Veinte años de esfuerzos para arrinconar la pobreza pueden quedar en nada. Latinoamérica puede perder una generación como la perdió en los años ochenta. El monstruo de la inflación, la bancarrota, el crimen y el declive de la renta per capita anda suelto de nuevo. Lo advierte Luis Alberto Moreno, presidente durante quince años del Banco Interamericano de Desarrollo, en el último número de Foreign Affairs. “La crisis de la Covid-19 en América Latina es una crisis de desigualdad”, dice.

Si una refundación de la democracia y el capitalismo es urgente en todo el mundo, mucho más en América Latina. Uruguay lidera, Chile puede seguirle muy pronto, en este mismo 2021. El resto va muy retrasado en ofrecer a sus poblaciones algo más que subsidios. Más que una pensión, los latinoamericanos del mañana piden educación, sanidad y buenas infraestructuras.

El 2021 será un año de oportunidades. Todo está por hacer y todo es posible, incluso empezar de nuevo. En esto seguro que no me equivoco.

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