Petiteros y cajetillas tirando manteca al techo
Cómo se vivió en la Argentina la pandemia de la llamada Gripe Española. Los años locos protagonizada por una elite que viajó a festejar a París.
Daniel Capalbo
5 de abril de 2021
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Como se sabe, la gripe española que azotó el planeta entre 1918, al finalizar la Primera Guerra Mundial, y 1921, comienzo de los llamados Años Locos, no fue gripe y mucho menos española. Aquella pandemia logró enfermar a un tercio de la humanidad, unos 500 millones de habitantes de entonces, y se cobró la vida de otros 50 millones, cinco veces más que el saldo que arrojó en vidas cegadas la Gran Guerra de 1914.

La gripe española comenzó, en realidad, en los Estados Unidos. El paciente cero, considerado así en los anales de la historia de la medicina, se llamó Albert Gitchell, cocinero en el campamento militar de Fort Riley, Kansas, quien la mañana del 4 de marzo de 1918 se reportó con síntomas que derivarían en una brutal neumonía seguida de muerte.  

En la Argentina, el saldo mortal de la pandemia dejó la cifra de 14997 víctimas entre 1918 y 1920, según datos validados por el Conicet reportados por Departamento Nacional de Higiene, que en aquellos años cumplía las funciones de un ministerio de Salud.

El virus de la gripe española entró por el puerto de Buenos Aires y se propagó en dos oleadas: primero se instaló en el norte del país, actuales provincias de Salta, Tucumán, Chaco y Jujuy; luego descendió hasta el centro, el litoral, Cuyo y Buenos Aires.

La peste fue “española” debido a la neutralidad de ese país durante la guerra, lo que permitía informar sin cortapisas ni censura política lo que sucedía en una Europa comprometida con el final de la conflagración y la desmovilización de las tropas hacinadas en las trincheras pestilentes. Donde el dato sobresaliente era ese nuevo y extraño virus que paseaban sin saberlo de un país a otro.

Los petiteros que paraban en la Petit París se mezclaban con los cajetillas de la avenida Callao.

Quienes sostienen hoy que tras el fin de la pandemia por el Covid 19 el mundo del siglo XXI vivirá una expansión con esplendor y relajamiento de costumbres similar a la de hace cien años, probablemente incurran en cierto determinismo histórico. No parece haber sido el fin de la amenaza de muerte que traía la peste consigo sino el enorme despegue económico basado en la explosión del consumo y la tecnología industrial posterior a la firma de la paz. Y en el rol cada vez más liberado y autorreivindicatorio de la mujer. Un estado de gracia que duró una década, aunque también fue el preámbulo de la tempestad totalitaria que se avecinaba en España, Italia y Alemania.

El fin de la guerra y la expansión de los años locos coincidieron en la Argentina con la consagración de la Unión Cívica Radical y los gobiernos de Hipólito Yrigoyen y Marcelo Torcuato de Alvear. Lo que equivale a decir, con el ascenso de la clase media y su irrupción en la vida económica del país.

Desde luego, el impulso del crecimiento venía principalmente de la mano de los beneficios del “granero del mundo”. Ya para el Centenario de la Revolución de Mayo, Buenos Aires demostraba un vigor contundente y un creciente gusto por lo europeo, como lo demuestra la arquitectura de la época, impulso favorecido por el poder económico de élites concentradas. El signo de los tiempos fueron las grandes fortunas en manos de una oligarquía pequeña, de una casta social que exportaba a Europa personajes como Martín Máximo Pablo Álzaga Unzué, Macoco para los íntimos, autor de la frase -y práctica- de “tirar manteca al techo”, un sinónimo de derroche y ostentación y a la vez del bon vivant porteño.

La avenida de Mayo en 1922.

Cuenta el diario Época:  El origen de la frase acuñada por Macoco data de comienzos de los años 20. “Los jóvenes de la alta sociedad de Buenos Aires gastaban mucho dinero en cabarets y se divertían tirando manteca al techo usando sus cubiertos como catapultas. La idea era competir para ver quién era capaz de dejar pegados más pedazos de manteca o cuál de ellos se mantenía adherido por más tiempo, ganando también el que más tiraba provocando luego la caída de las bailarinas que patinaban con la manteca cuando ésta se caía al piso.

“También gozaban cuando algún fragmento grasoso se despegaba y caía sobre un desprevenido cliente. Esta práctica absurda pero real era propia de los llamados cajetillas o petiteros. Cajetilla proviene de España, donde significa paquete de cigarrillos, sólo que toma el sentido que suele darse a paquete para indicar algo muy arreglado, prolijo o de buen gusto. En tanto que los petiteros eran los que frecuentaban el famoso y exclusivo café Petit París”, sobre la calle Santa Fe, frente a la actual Plaza San Martín.

Macoco figuró en el libro Guiness no sólo por su marca establecida en 1924 al haber ganado el Gran Prix de Marsella, sino también por haber sido el argentino que más dinero gastó en su vida. (…) Macoco solía invitar a comer a sus amigos al restaurante Maxim’s de París. En uno de sus salones especiales había una pintura en el techo con unas valquirias de senos prominentes que sobresalían de los escotes. Una noche, tentado por el aburrimiento digno de un enfant terrible, colocó manteca en un tenedor para ver si embocaba entre los senos de las mujeres de la pintura. Acto seguido se presenció un torneo de tiradas de manteca al techo entre todos lo que lo acompañaban.

“Lo de ‘tirar manteca al techo’ es de moi, eso sí lo acuñé yo´, afirmó Macoco, con una sonrisa”.

Avenida Callao en los años 20.

Los cambios más visibles en la cultura de los años felices podían observarse en la estética de la mujer y en su lucha por derechos civiles que el código de Velez Sárfield le negaba; en la llegada masiva de los automóviles (y tractores para el campo); y en la suba de salarios.

Cuando en 1916 asume Yrigoyen, el primer presidente radical decide mantener la política de neutralidad respecto a los países involucrados en la Gran Guerra, lo que favoreció la sustitución de importaciones y a la vez una política de exportación de alimentos al continente europeo. Política que se profundizó y extendió después de 1918, al desparecer de los mares los peligrosos submarinos alemanes que amenazaban el intercambio comercial.

Sea como fuere, pero sobre todo a partir de la presidencia de su sucesor, Marcelo Torcuato de Alvear, se verifica una expansión real de la economía. Según el diario Crítica, entre 1920 y 1922 suben los salarios, baja el costo de vida y comienza a disminuir la desocupación. Entre 1922 y 1926 los salarios se mantienen estables, el costo de vida sigue bajando y cae aun mas la desocupación. Y entre 1926 y 1929, los salarios aumentan, aunque también el costo de vida. Este proceso, interrumpido abruptamente por la crisis del 29 y 30, puso fin a un ciclo caracterizado por la diversión y falta de preocupación.

En 1922 el país cuenta con una población de 9.190.923 habitantes; la Capital Federal ya concentra casi 1.8 millones de habitantes. Las vías ferroviarias cubren 43.024 kilómetros, mientras que por las calles porteñas maniobran 6853 autos particulares, 7.176 autos de alquiler; 75 ómnibus y 1824 camiones. En menos escala, 700 motocicletas. Y en el campo transitan ya unos 200 tractores.

Diagonal Norte hacia fines de la década del 20.

Con el fin de la guerra, y también tres años más tarde de la pandemia, todo comienza a cambiar. Cambian los regímenes políticos, las costumbres, se modifican las fronteras y también el rol de la mujer.

Como apunta la historiadora Lyla Sosa de Newton, para la Fundación Buenos Aires Historia: “Los “años lo­cos”, los “roa­ring twen­ties” de los nor­tea­me­ri­ca­nos, in­va­die­ron to­dos los paí­ses y les im­pri­mie­ron el se­llo de lo atre­vi­do, lo no­ve­do­so, lo sor­pren­den­te. En Bue­nos Ai­res co­men­zó a vi­vir­se la eu­fo­ria de los pla­ce­res, co­mo si aque­llos muer­tos no con­ta­ran. La con­sig­na era di­ver­tir­se y adop­tar las nue­vas mo­das, re­cons­tru­yen­do los vín­cu­los con la la­ce­ra­da Eu­ro­pa y los Es­ta­dos Uni­dos y tra­tan­do de adop­tar lo que em­be­lle­cie­ra la vi­da. Se rea­nu­da­ron los via­jes al vie­jo con­ti­nen­te en los lu­jo­sos pa­que­bo­tes, ya sin el te­mor de ata­ques de los sub­ma­ri­nos ale­ma­nes. Las mo­das en la in­du­men­ta­ria, los nue­vos au­to­mó­vi­les, la mú­si­ca de jazz en­tro­ni­za­da en to­dos los am­bien­tes, la ca­si li­be­ra­ción fe­me­ni­na que se ha­bía in­si­nua­do y ga­na­ba te­rre­no ve­loz­men­te, apa­re­cie­ron en nues­tra or­gu­llo­sa ca­pi­tal con re­sa­bios co­lo­nia­les”.

Continúa el artículo de la historiadora Lyla Sosa de Newton: “(…). La ro­pa fe­me­ni­na se sim­pli­fi­có por­que, lla­ma­dos los hom­bres al fren­te, las mu­je­res ocu­pa­ron sus lu­ga­res de tra­ba­jo. No fue­ron só­lo en­fer­me­ras, con­duc­to­ras de ve­hí­cu­los y asis­ten­tes ca­li­fi­ca­das en las ofi­ci­nas y fá­bri­cas. Os­ten­ta­ron su ca­pa­ci­dad pa­ra to­do ti­po de ta­reas y pa­ra to­mar de­ci­sio­nes. Eso ocu­rrió en Eu­ro­pa, pe­ro aquí, y de la ma­ne­ra más na­tu­ral, in­va­die­ron es­pa­cios que les es­ta­ban ve­da­dos en nom­bre de no se sa­be qué man­da­tos. Y co­men­za­ron por el atuen­do, que les ve­nía de allen­de los ma­res con sus re­vo­lu­cio­na­rias in­no­va­cio­nes.
Pri­me­ro apa­re­ció la me­le­na. Se pa­só del pei­na­do con si­mu­la­cro de pa­ti­llas con el ro­de­te en la nu­ca, al pe­lo cor­to sin di­si­mu­los. Fue en­tre los años vein­ti­dós y vein­ti­trés cuan­do las pri­me­ras me­le­nas de­sa­fia­ron a los que des­po­tri­ca­ban con­tra ellas. Mu­je­res de to­das las eda­des sa­lie­ron a la ca­lle con el nue­vo cor­te, gra­cio­so y sen­ta­dor. El ci­ne, cuán­do no, tu­vo su par­te en es­tas osa­días por­que, ¿quién no que­ría pa­re­cer­se a las es­tre­llas de Holly­wood con sus de­li­cio­sas me­le­ni­tas? Y fue en 1924 cuan­do un com­po­si­tor lan­zó aque­llo de “Pe­ro hay una me­le­na…”. Era el ar­gen­ti­no Jo­sé Böhr, a quien se le ocu­rrió usar el can­den­te te­ma en la re­vis­ta A ver quién nos pi­sa el pon­cho que es­tre­nó ese año en el Tea­tro Por­te­ño, en­ton­ces ca­te­dral de ese gé­ne­ro y don­de, acom­pa­ña­do por va­rias co­ris­tas, can­tó su gra­cio­sa can­ción con rit­mo de fox-trot. Apa­ren­te­men­te ri­di­cu­li­za­ba al nue­vo pei­na­do, pe­ro en rea­li­dad se ren­día an­te la be­lle­za de una “me­le­ni­ta de oro”, la de “su ne­na”, que lo vol­vía lo­co. To­do Bue­nos Ai­res la can­tó. En muy po­co tiem­po, y pe­se a las pro­tes­tas de ma­ri­dos y pa­dres, que­dó des­pla­za­do el an­ti­hi­gié­ni­co pe­lo lar­go. Las mu­je­res tra­ba­ja­ban en ofi­ci­nas, tien­das, co­rreos, co­mer­cios, por no men­cio­nar la edu­ca­ción, ca­si co­pa­da por ellas, y prac­ti­ca­ban de­por­tes, y en­se­gui­da adop­ta­ron la có­mo­da mo­da. Tam­bién se mul­ti­pli­ca­ron las ca­sas de pei­na­dos y se di­fun­die­ron la “on­du­la­ción Mar­cel”, las tin­tu­ras pa­ra el pe­lo y los ins­ti­tu­tos de be­lle­za.

La Casa Rosada en los años 20.


Al­go pa­re­ci­do su­ce­dió con el lar­go de la fal­da y la ubi­ca­ción de la cin­tu­ra. En los años de la gue­rra los to­bi­llos co­men­za­ron a mos­trar­se tí­mi­da­men­te. A fi­nes de esa dé­ca­da se veía par­te de la pan­to­rri­lla, co­mo se ve en fi­gu­ri­nes y fo­tos. La si­lue­ta se hi­zo rec­ta y el pe­cho se acha­tó, se­gún se com­prue­ba en re­vis­tas y en pro­pa­gan­das de cor­pi­ños y ro­pa in­te­rior. Atrás ha­bían que­da­do las si­lue­tas de cur­vas opu­len­tas y cin­tu­ra de avis­pa. Los tra­jes de ba­ño mos­tra­ban par­te del mus­lo en mu­je­res y hom­bres, pe­ro fue­ra del agua era de ri­gor ta­par­se con la sa­li­da de ba­ño. Cau­sa­ron sen­sa­ción las pe­lí­cu­las de ba­ñis­tas que Mack Sen­net ha­cía en Holly­wood. Po­co des­pués apa­re­cían los pi­ya­mas de pla­ya, co­mo en los bal­nea­rios eu­ro­peos. Las au­da­cias eran te­ma de co­men­ta­rios. En Ca­ras y Ca­re­tas, “La Da­ma Duen­de”, seu­dó­ni­mo de la pe­rio­dis­ta Mer­ce­des Mo­re­no, lan­za­ba áci­das crí­ti­cas con­tra las mo­das que ve­nían de Pa­rís, ca­si siem­pre traí­das por las ar­gen­ti­nas que via­ja­ban. Los hom­bres ves­tían dis­cre­ta­men­te y co­pia­ban al prín­ci­pe de Ga­les, su­pues­to ár­bi­tro de la ele­gan­cia. Fue­ra de eso, al­gu­nos se atre­vie­ron a sa­lir con la co­lo­ri­da cor­ba­ta Tu­tank­ha­món cuan­do, en 1922, fue des­cu­bier­ta la tum­ba in­vio­la­da del jo­ven fa­raón egip­cio.
Los som­bre­ros fe­me­ni­nos, las clo­ches, muy en­cas­que­ta­das, acom­pa­ña­ban las su­cin­tas me­le­nas, y no fal­ta­ron los cor­tes a la Loui­se Brooks, ac­triz ame­ri­ca­na que cau­só sen­sa­ción con su cas­co re­ne­gri­do, la­cio y con fle­qui­llo, que lu­cía en La ca­ja de Pan­do­ra, pe­lí­cu­la ale­ma­na de 1929. El ci­ne se ha­bía en­se­ño­rea­do de la vi­da dia­ria y sus es­tre­llas bri­lla­ban. El pú­bli­co de esa dé­ca­da, que aplau­dió a Mary Pick­ford, Dou­glas Fair­banks, John Barry­mo­re, Glo­ria Swan­son, Cla­ra Bow, Nor­ma Shea­rer y mu­chos otros ído­los del ci­ne mu­do, ado­ró a Ro­dol­fo Va­len­ti­no, a Gre­ta Gar­bo y a Mar­le­ne Die­trich, que lle­gó de Ale­ma­nia pa­ra im­po­ner su ti­po de se­duc­to­ra. En un ám­bi­to más po­pu­lar, las mo­das las dic­ta­ba Holly­wood y no ha­bía mu­cha­cha que no qui­sie­ra ser co­mo las dio­sas de la pan­ta­lla. Pe­ro no obs­tan­te el po­der de di­fu­sión del ci­ne ame­ri­ca­no, na­da po­día com­pe­tir con lo que ve­nía de Pa­rís”.

Por lo expuesto, vale subrayar el ascenso de la mujer como el hecho más trascendente y saliente de la década. Las transformaciones sociales debían consagrar en la letra de la ley por imperio de la presión social, por la potencia de lo cotidiano, de los usos y costumbres: la reforma del Código Civil de 1926 quitó a la mujer del estado de incapacidad jurídica que vivían en el mismo renglón que los locos, los niños e incapacitados como sordomudos. Faltaba mucho aún para que se le reconocieron los derechos políticos (1947), pero sin duda fue un salto cualitativo. 

¿Vuelven los felices años 20?

Livin´ la Vida Loca

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Aglomeraciones en manada regadas de alcohol y drogas. Escenas que se repiten desde Miami hasta Pinamar y Madrid. ¿Es el comienzo de un regreso a los “felices años 20” del Charleston y el Gran Gatsby? ¿O es el trasfondo social de una incierta transformación científica y tecnológica? Lo que podemos aprender de esa década del siglo pasado.

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