Operación Rucci
Las facciones antagónicas del peronismo. La caída de Cámpora. La respuesta de Montoneros tras la masacre de Ezeiza. La última noche del líder sindical.
Marcelo Larraquy
4 de octubre de 2020
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Este texto forma parte de “Los 70. Una historia violenta” de Marcelo Larraquy. Edit. Aguilar.

José Ignacio Rucci fue muerto a balazos el mediodía del martes 25 de septiembre de 1973 cuando salía de una casa de la calle Avellaneda, en el barrio de Flores. Dos autos de su custodia lo esperaban en la puerta para trasladarlo a un canal de televisión. En ese momento, el general Juan Domingo Perón permanecía en la residencia presidencial de Olivos. Hacía dos días que acababa de ser electo presidente por tercera vez. Había obtenido casi el 62 por ciento de los votos. Volvía al poder después de diecisiete años de exilio.

Rucci, ex obrero metalúrgico y delegado de la fábrica de cocinas y estufas catita, conducía la Confederación General del Trabajo (CGT) desde 1970. Era el hombre del sindicalismo ortodoxo que más había bregado por el regreso de Perón, quebrando incluso las dudas iniciales de su propio sector.

A diferencia de su antecesor, el metalúrgico Augusto Vandor, que aspiró a un proyecto sindical autónomo y fue ultimado en 1969, Rucci promovía el “peronismo con Perón”. Era un dirigente al que el Líder, desde su exilio, consideraba clave para subordinar las estructuras sindicales bajo su conducción en un futuro gobierno.

Ese tiempo había llegado. Pero dos días después del triunfo electoral de Perón, Rucci estaba muerto. 

El atentado se decidió poco después de la masacre de Ezeiza. Aquel día, el 20 de junio de 1973, la débil convivencia política entre la izquierda peronista y la ortodoxia justicialista con la que Perón había organizado su regreso acabó por romperse.

Perón iba a hablarle al peronismo en su conjunto.  Más de un millón de personas marcharon hacia Ezeiza para recibirlo en su regreso definitivo al país. Pero una balacera que se inició desde el palco, controlado por la ortodoxia, provocó una todavía indeterminada cantidad de muertos y heridos —se estima que los muertos fueron trece, y más de trescientos los heridos—. También hubo secuestros y torturas en las habitaciones del Hotel Internacional de Ezeiza. Ese fue el resumen de la jornada. Y entonces no hubo recibimiento ni fiesta popular, ni tampoco habría ya más espacio para los matices políticos en el peronismo: o se estaba de un lado o se estaba del otro.

Montoneros consideró que había sido “emboscado” por la ortodoxia y prometió castigo contra los que le habían “tendido la trampa”. Eran sus enemigos. Los caracterizó como los reaccionarios, los traidores del Movimiento al servicio del continuismo y la dependencia. Los que habían impedido el reencuentro histórico de Perón con la Juventud Peronista e intentaban alejarlo del pueblo y del “socialismo nacional”.

La cúpula de Montoneros en 1973: Quieto, Firmenich, Galimberti y Vaca Narvaja.

A Montoneros todavía le resonaban las palabras que Perón había plasmado en la Actualización Política y Doctrinaria para la Toma del Poder, formulada en 1971, en la que se había comprometido a promover a la juventud y otorgarle un rol decisivo en la etapa histórica. 

Hay una nueva generación que está esperando y, por eso, yo vengo hablando de la necesidad del trasvasamiento generacional.

Junto con la organización debe venir un cambio, porque si no el Movimiento envejecerá y terminará por morir como todo lo que es viejo. Entonces, para evitar ese proceso, está el camino orgánico y el camino del remozamiento del Movimiento, por cambio generacional. La gente joven tomará ahora nuestras banderas y las llevará al triunfo.

Montoneros denunció que “los traidores” del Movimiento querían aislar a Perón de su pueblo.

Entonces los señaló y se decidió a eliminar ese “cerco”. Se imprimieron afiches con las fotos de José López Rega (ministro de Bienestar Social), Lorenzo Miguel (jefe metalúrgico y secretario de las 62 Organizaciones Peronistas), Jorge Osinde (secretario de Deportes del Ministerio de Bienestar Social), Alberto Brito Lima (dirigente peronista), Norma Kennedy (dirigente peronista) y José Rucci (jefe de la CGT).

Y debajo de cada foto, la leyenda: “Estos son los responsables de la matanza de Ezeiza”. El afiche estaba impreso sobre un fondo negro.

Rucci había visto por primera vez a Perón en Madrid en el año 1971. Se presentó como titular de la CGT. Desde entonces se disciplinó bajo la conducción del Líder y aceptó todas sus directivas para el retorno.

Los gremios clasistas caracterizaban a Rucci como el símbolo de una dirigencia corrupta que manipulaba a las bases obreras e impedía la democracia participativa en las fábricas. La misma opinión tenía Montoneros, que había creado la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) para involucrarse en la lucha gremial con cuadros propios.

Rucci junto a Muhamed Ali y Lorenzo Miguel.

Rucci siempre había intentado neutralizar el avance de los gremios clasistas, combativos y de la izquierda peronista, pero tenía carisma y sentido de la oportunidad. En febrero de 1973, cuando Héctor Cámpora era candidato a presidente, debatió en el programa televisivo “Las dos campanas” sobre la clase obrera con el dirigente clasista Agustín Tosco. Allí se declaró admirador de la Revolución Cubana y dijo: “El peronismo no es un movimiento estático.

Evoluciona, y dentro de esta evolución da lugar a un proceso que va a terminar en el socialismo nacional”.

La coexistencia bajo las banderas del regreso de Perón, sin embargo, se terminaría después de Ezeiza. Un grupo comenzó a seguir a Rucci en julio de 1973. Sólo lo vieron tres veces; las tres veces, de espalda. La cuarta vez lo vieron a través de la mira de distintos fusiles. Y lo mataron.

A Rucci lo siguieron miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y de Montoneros. En ese tiempo, las FAR estaban cerrando los detalles finales para integrarse a Montoneros. Y entre los miembros de las dos organizaciones guerrilleras existía una implícita competencia por ganar espacios, que se instrumentaba con afiliaciones, formación de cuadros políticos y realización de operaciones militares.

Pero ya actuaban en conjunto.

El grupo operativo que tenía la misión de matar a Rucci poco sabía de cómo se movía su objetivo, pero disponía del tiempo y la logística necesarios para consumar la operación.

En una revista Gente de junio de 1972, se enteraron de que tenía una casa en Ramos Mejía, en el oeste del conurbano bonaerense. El reportaje se titulaba “Diálogo con un condenado a muerte”. Rucci decía que no se consideraba un valiente ni había sacado “diploma de cobarde”. Sólo tenía el temor de no ver la cara de sus asesinos. Si alguien iba a matarlo, suponía, “son fuerzas extranjerizantes, ajenas a los intereses del pueblo”.

El periodista concluía que “la condena a muerte” no tenía hora, fecha ni lugar. Podría suceder en diez minutos, diez horas, diez días o diez meses. “O inclusive nunca. Ese ‘nunca’, aunque parezca mentira, no sirve para menguar ni el agobio ni el suspenso”. 

La foto de Rucci en la calle, con las casas desenfocadas a los costados, fue una referencia para que el grupo lo buscara en ese barrio. Pero nunca encontraron una imagen parecida. La revista aportaba otro dato que iba a resultar decisivo para la operación: el colegio al que asistía la hija del jefe de la CGT. Claudia Rucci, de 9 años, estudiaba en el “Instituto Almirante Guillermo Brown” de Haedo y ya era actriz. Trabajaba en una tira de Canal 9. 

Luego de rastrear por las calles de Ramos Mejía, el grupo de inteligencia empezó a buscar señales de Rucci en la CGT. En julio de 1973, Rucci dormía en un departamento de dos ambientes construido sobre la terraza de la sede sindical, enfrente de la Facultad de Ingeniería, en el bajo porteño.

El edificio era de difícil acceso. La seguridad de la CGT estaba compuesta por un hombre armado que se paraba detrás de una puerta de hierro. Había otro que custodiaba los movimientos del ascensor. Si se superaban esos dos obstáculos y se alcanzaba el último piso del edificio sindical, había que subir un piso más por la escalera y superar una puerta metálica.

Detrás de la puerta había una habitación en la que vivían tres custodios. Y después, tras un largo pasillo, se llegaba al departamento donde dormía Rucci.

Rucci interrogado por la situación política en 1972.

En verano, el jefe de la CGT solía atender a sus visitantes en ojotas, short, camisa; tenía siempre en su heladera Siam una cerveza que ofrecía a sus visitantes. En la pared, junto a los cuadros de Perón y de Evita, tenía colgada una carabina española.

Durante varias semanas, distintos miembros del grupo de inteligencia que buscaba localizar a Rucci caminaron las veredas de la calle Azopardo. Memorizaban los últimos números de las patentes de los autos estacionados y luego, cuando estaban más alejados, las anotaban en un cuaderno.

Para una observación más rigurosa, empezaron a ubicar una o dos camionetas enfrente o en diagonal a la central obrera. El conductor estacionaba el auto y se iba, pero dejaba oculto en la caja trasera, cubierto por una lona verde, a un hombre acostado en un sobretecho de madera, que continuaba anotando números de patentes de los autos, y observando los movimientos en la puerta de la CGT. El mismo procedimiento se realizaba desde un agujero en el baúl de un Peugeot, o desde un periscopio colocado en un falso parlante de su luneta trasera.

El grupo había dividido las tareas de inteligencia en turnos de ocho horas. Luego de ese tiempo, volvía el conductor y se llevaba el vehículo. Por la noche, otro miembro se ubicaba con un largavista en una oficina que le abrían en la Facultad de Ingeniería y, tras las tareas de observación, se marchaba por la mañana. 

En ese tiempo, una información que llegó al ámbito de inteligencia indicaba que Rucci dormía en un departamento de Marcelo Torcuato de Alvear al 500, frente al hotel Plaza.

Durante varios días estacionaron frente al edificio señalado una Citroneta con las ventanas de la caja cubiertas de planchas de cartón. No hubo novedades. Durante un mes, los cuatro hombres que realizaban la inteligencia sobre Rucci no aportaron ningún resultado significativo. No conocían su agenda de actividades ni el auto en que se movía. Ni siquiera lo habían visto. Solo habían recopilado en varios cuadernos los números de chapas de patentes de autos que estacionaban en la cuadra de la CGT.

Los ganaba el desánimo. 

Entonces, sus jefes les permitieron unos días de distracción en el balneario de Miramar. Hicieron prácticas de tiro en playas alejadas.

El enfrentamiento entre las facciones antagónicas en el peronismo produjo la caída del presidente Héctor Cámpora, que había asumido el 25 de mayo de 1973. Pudo gobernar sólo durante cuarenta y nueve días. Perón lo había designado al frente del Movimiento Justicialista para las elecciones del 11 de marzo, pero ni durante los días previos a su asunción ni durante su gestión le brindó respaldo político.

Cuando regresó al país, Perón visitó a José López Rega en el Ministerio de Bienestar Social, pero no cruzó a la Casa Rosada a saludar al Presidente. En la visión de Perón, consolidar a Cámpora implicaba también un gesto de apoyo hacia Montoneros y a sus distintos frentes de la Tendencia Revolucionaria.

El Líder prefería que el estado de movilización popular, que había sido clave para desgastar al gobierno de Alejandro A. Lanusse y llegar a las elecciones del 11 de marzo, no continuara. Una vez en el poder, el peronismo volvía a su apotegma clásico: “De casa al trabajo y del trabajo a casa”.

En la noche del 20 de junio, horas después de la masacre de Ezeiza, en un mensaje por cadena nacional, Perón trazó los límites de la nueva coyuntura.

Los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro Movimiento o tomar el poder que el pueblo ha reconquistado se equivocan. […] Por eso deseo advertir a los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales, que por ese camino van mal. A los enemigos embozados y encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen en sus intentos porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento.

Para el General, Montoneros había sido una de las herramientas tácticas más eficaces de su dispositivo. La más activa para desgastar a las Fuerzas Armadas y comprometerlas con el proceso eleccionario. La que tenía que poner el cuerpo en esa lucha. Pero, después de la victoria electoral, el plan político ya era otro. Ahora propendía hacia la institucionalización democrática del país, con acuerdos de gobernabilidad entre gremios, empresarios, partidos políticos e incluso las Fuerzas Armadas.

Así quedó el auto que llevaba a Rucci tras el atentado.

“Socialismo nacional”, “guerra revolucionaria”, “guerra de guerrillas” y otras enunciaciones que embanderaron su regreso, eran, hacia julio de 1973, un eco testimonial que empezaba a quedar lejos del núcleo de poder del Movimiento Justicialista.

Después de Ezeiza, Montoneros, y la Tendencia Revolucionaria, empezaron a convertirse en grupos inorgánicos.

Forzado por ese nuevo clima, aturdido por el silencio que le dispensaba Perón y sin capacidad para controlar las confrontaciones internas del peronismo, que disputaba las dependencias oficiales para controlar el aparato gubernamental, Cámpora le entregó la renuncia a Perón el 4 de julio de 1973, cuando este, convaleciente de un infarto, permanecía en su mecedora en el primer piso de la residencia de Gaspar Campos, en Vicente López.

Los médicos habían sugerido internar a Perón y alejarlo de la política para preservar su salud. Pero su esposa, Isabel, y López Rega consideraron inoportuno el consejo, en vista de la campaña electoral de los próximos meses.

El justicialismo en el Parlamento se ocupó de sortear los escollos institucionales para que Raúl Lastiri accediera a la Presidencia. Su crecimiento político en los últimos meses había sido fulminante. Su suegro, López Rega, había logrado introducirlo en la nómina de candidatos a diputados para que su hija, en el futuro, obtuviera una pensión del Estado (“Tiene cáncer de ganglios”, argumentaba). Y Cámpora lo designaría máxima autoridad de la Cámara en virtud de que Lastiri no molestaba a nadie y Perón lo consideraría como otro gesto de cortesía hacia él.

En julio, con Cámpora ya fuera de circulación y Lastiri en la Presidencia, Montoneros perdió espacio político en el nuevo esquema de poder, pero no se resignaba. Lo observaría el jefe de Montoneros, Mario Firmenich, en una conferencia de prensa en septiembre de 1973.

El poder político brota de la boca de un fusil. Si llegamos hasta aquí ha sido en gran medida porque tuvimos fusiles y los usamos. Si abandonáramos las armas retrocederíamos en posiciones políticas. En la guerra hay momentos de enfrentamiento, como los que hemos pasado, y momentos de tregua en los que cada fuerza se prepara para el próximo enfrentamiento.

Con el paso de los días, la orden de atentar contra Rucci se mantuvo sin modificaciones. Cuando el grupo de inteligencia volvió de las playas de Miramar, vio al titular de la CGT por primera vez. Fue durante pocos segundos.

Rucci estaba de espalda, protegido por guardaespaldas, ingresando a una reunión del Consejo del Partido Justicialista en la calle Córdoba. La información del evento se había obtenido de los diarios.

Al poco tiempo, abandonaron la CGT y empezaron a investigar el otro dato: el colegio donde estudiaba su hija, en Haedo. a pesar de que la veían en la televisión, no podían distinguir su cara entre los cientos de estudiantes que salían del colegio. Al cabo de unos días, a un miembro del grupo le llamó la atención un Torino gris. Su patente coincidía con otro vehículo de la CGT. Y enseguida vieron subir a la hija de Rucci. Siguieron el auto por la avenida Rivadavia hasta su ingreso a la Capital Federal. Allí lo abandonaron para no despertar sospechas.

En días sucesivos, siguieron al Torino a cierta distancia con distintos vehículos. Una vez llegaron hasta Canal 9, donde la hija del jefe sindical grababa “Jacinta Pichimahuida”.

En otra oportunidad, el destino fue la calle Avellaneda, en Flores, a media cuadra de la avenida Nazca. Allí lo supieron: Rucci vivía con su esposa y sus hijos en una casa de propiedad horizontal, en Avellaneda 2953. Se la había prestado el empresario Antonio Iannone.

Con la localización de la casa, toda la estructura de movilidad del grupo de inteligencia —dos camionetas Chevrolet, un Peugeot 504 y una Citroneta— empezó a utilizarse para la guardia frente a la casa. Estacionaban sobre la vereda de enfrente y hacían turnos rotativos.

Siempre había un hombre observando movimientos. Una noche vieron bajar a Rucci de un Torino, seguido por dos autos de su custodia. Esa fue la segunda vez que lo vieron. Esa información fue trasladada por el grupo de inteligencia al jefe militar de la operación.

A partir de entonces se empezó a diseñar el plan para matarlo. Las reuniones las realizaban en un departamento alquilado del barrio de Once. Armaron distintos esquemas.

Uno era la utilización de un explosivo tipo mina “vietnamita”, con una chapa gruesa con forma de “U”, repleta de tornillos, tuercas y bulones. La idea fue introducir el explosivo en la caja trasera de la Citroneta y activarlo con un detonador a telecomando en el momento en que llegara el auto de Rucci.

Rucci tirado en la vereda, ya sin vida.

Se trataba de una operación nocturna, muy difícil de sincronizar. El mecanismo podía demorar la activación de la bomba y estallar después de que el blanco bajara del auto. ¿Y si el auto estacionaba a mucha distancia de la Citroneta y no lograba impactarlo? Era otro de los riesgos. Esa opción fue descartada.

Después se pensó en otro plan: armar un grupo comando de diez personas cubiertas con cascos y chalecos antibalas y subirlas a dos camiones volcadores. Encerrar el auto de Rucci cuando saliera de su casa y dispararle a él y a los dos autos de la custodia. 

El jefe de las FAR, el abogado Roberto Quieto, supervisó los detalles del plan en una de las reuniones en Once. 

También lo descartó. Durante el tiempo en que durara el enfrentamiento contra los custodios podrían sumarse policías y patrulleros. Podría haber caídas propias. O heridos. 

Y la operación —Quieto lo afirmó una vez más— no podía ser asumida públicamente por FAR-Montoneros. Por eso ninguno de los hombres que actuara en la operación podría tener antecedentes de pertenencia a esas agrupaciones.

Quieto pidió otro plan. 

Perón era reticente a aceptar que su esposa lo acompañara en la fórmula presidencial, pero el Partido Justicialista insistió en promoverla en forma pública. Después de la renuncia de Cámpora, Perón se reunió en dos oportunidades con el jefe del radicalismo, Ricardo Balbín, para estudiar la posibilidad de una fórmula conjunta. Creía que lograr un acuerdo con la UCR era la mejor manera de asegurar la “unidad nacional” y la institucionalidad de la Argentina.

La fórmula Perón-Perón, además, en términos personales, le provocaba incomodidad. El General reconocía que no le alcanzaría la salud para terminar el período presidencial en el que resultaría electo y no quería obligar a Isabel a asumir la sucesión.

Inmerso en una herencia de poder que se estaba disputando en forma cada vez más violenta, el justicialismo carecía de sutilezas políticas y no creía adecuado regalarle la Presidencia a la UCR, más allá de los pactos gubernamentalesque pudieran formularse. 

El 4 de agosto de 1973, en el teatro Cervantes, con los palcos colmados de hombres y de armas, se lanzó a viva voz la fórmula “Perón-Perón”, que fue votada por aclamación por todo el congreso partidario.

Perón se tomó quince días para analizar la propuesta.

Finalmente la aceptó.

Magdalena Villa de Colgre vivía al lado de la casa que ocupaba la familia Rucci. Desde hacía cinco meses su casa estaba en venta. Una inmobiliaria había colocado un cartel en el primer piso de la vivienda. En septiembre de 1973 un miembro del equipo de inteligencia, vestido con saco y corbata, visitó a la propietaria. Estaba interesado en conocer la vivienda, pero para no sumar costos a la posible operación prefería evitar el contacto con la inmobiliaria.

La señora lo hizo pasar.

La segunda vez que la visitó le pidió el plano de la casa.

Lo hacía por encargo del profesor, titular de una supuesta academia de enseñanza de idiomas, quien tomaría la decisión definitiva de la compra. El plano, le dijo, serviría para calcular cuántas aulas podrían utilizarse para la enseñanza; les resultaba indispensable para diseñar la retirada después del atentado. Al fondo de la propiedad había una pared y después un largo pasillo de viviendas que conducía a una puerta de calle, en Aranguren 2950. Les pareció la alternativa justa para evitar la fuga por el frente de la calle Avellaneda, que era muy transitada

Rucci junto a sus hijos Claudia y Aníbal.

Para septiembre de 1973 Rucci estaba enfrentado con el ministro de Economía José Gelbard por el rumbo del Pacto Social, que atendía la voluntad de Perón de alcanzar la “concertación social”, por la cual la corporación empresaria y sindical se comprometía a no formular demandas salariales ni realizar aumentos de precios durante dos años. Sin embargo, en el cumpleaños del presidente Lastiri, el día 11 de septiembre, Rucci le anticipó a Gelbard que pensaba retirarse del Acta de Compromiso que había firmado en mayo, porque, mientras los gremios estaban vedados de negociar paritarias por dos años, el costo de los productos de primera necesidad seguía subiendo. Ya se advertían signos de escasez de alimentos, que se iban de las estanterías de los comercios al “mercado negro”. En verdad, el sindicalismo buscaba deteriorar la figura de Gelbard en el futuro gobierno de Perón. Preferían al dirigente Antonio Cafiero, con quien Rucci tenía una relación personal y a quien lo hubiese elegido candidato a presidente en lugar de a Cámpora. El titular de la CGT decía contar con el aval de Perón para esa acción de desgaste sobre Gelbard. Ese mes, el 6 de septiembre, la guerrilla marxista del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) había copado el comando de Sanidad Militar en Capital Federal y se había llevado armas. “Ninguna tregua al Ejército opresor”, sostenía la organización liderada por Roberto Santucho. Un teniente coronel resultó muerto en el tiroteo. El ERP entendía que la democracia, y el peronismo en sí mismo, postergaban la “guerra del pueblo”, eje del verdadero enfrentamiento entre el Ejército opresor y el Ejército revolucionario. Tres días después, un grupo desprendido de esa organización guerrillera, el ERP “22 de Agosto”, secuestró a un directivo del diario Clarín, Bernardo Sofovich, y a modo de rescate exigió al diario la publicación de tres solicitadas en las que quería difundir su apoyo a las elecciones, reclamar una investigación parlamentaria por los fusilamientos de Trelew, y, en la tercera, ridiculizar a Lastiri y a López Rega. Clarín las publicó dos días después y Sofovich fue liberado. Pero en represalia, grupos de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y otros que se organizaron desde el Ministerio de Bienestar Social entraron en el edificio del diario con granadas y bombas incendiarias y provocaron destrozos. Perón justificó el ataque en forma pública. Explicó: El que procede mal suele sucumbir por su mal procedimiento. Clarín tuvo un mal procedimiento y alguien que se sintió herido, le metió otro mal procedimiento. Ese mes, las 62 Organizaciones Peronistas —columna vertebral del movimiento sindical— anticiparon su postura frente a Montoneros y la Tendencia Revolucionaria. A pesar de su disfraz de mascaritas iremos a buscarlos uno a uno, porque los conocemos. Han rebasado la copa y ahora tendrán que atenerse a las consecuencias. Argentina vivía la efervescencia electoral que conduciría a Perón a tomar el poder por tercera vez en la historia. Pero la violencia ya estaba en el aire. Mientras tanto, el grupo operativo que atentaría contra Rucci vivía recluido en un departamento de la avenida Gaona, en Flores. Otro grupo de observación se mantenía en la camioneta, frente a la casa de la calle Avellaneda. Su misión era dar aviso cuando Rucci llegara para dormir. No lo hacía todas las noches ni con una rutina establecida. La operación se concretaría cuando el jefe sindical saliera de la casa durante la mañana siguiente. Como la frecuencia del equipo de comunicaciones del auto de observación no podía captarse en el departamento de avenida Gaona, utilizaron como puente a una unidad básica de la JP en la calle Neuquén. Allí, en el altillo, se instalaron miembros del grupo de inteligencia con handies para recibir la información que llegaba desde la camioneta de la calle Avellaneda y transmitírsela al grupo operativo de la avenida Gaona. El domingo 23, el frejuli, con la fórmula Perón-Perón, obtuvo 7.359.252 votos (61,85%); el segundo puesto lo ocupó la UCR con el binomio Balbín-De la Rúa con 2.905.719 (24,42%) y en tercer lugar, la Alianza Popular Federalista, con Manrique-Martínez Raymonda, 1.450.998 (12,19%). José Ignacio Rucci volvió a la casa de la calle Avellaneda en la noche del lunes 24. Su hijo Aníbal, de 14 años, lo había llamado por teléfono. Quería que estuviese más tiempo con su familia. El último verano, para estar junto a su padre, había pasado sus vacaciones en el edificio de la CGT y lo había acompañado en sus actividades públicas. El 14 de febrero había visto cómo mataban al guardaespaldas y chofer de su padre, Oscar Bianculli, tras un acto de campaña del frejuli en Chivilcoy, en un tiroteo del que él y su padre habían logrado salir indemnes. La esposa de Rucci, Nélida Blanca Vaglio, “Coca”, le pedía a su marido que abandonara la representación gremial porque temía otro atentado. Era usual que en la central obrera se recibieran cartas destinadas al jefe de la CGT con dibujos de ataúdes. Incluso el 31 de agosto, en el único acto público de la candidatura de Perón, la Tendencia Revolucionaria desfiló frente al edificio de la CGT al grito de “Rucci, traidor, saludos a Vandor”, convertido en una consigna de guerra de las movilizaciones de Montoneros. El jefe sindical nunca expresaba en forma pública temor a un atentado. Su custodia no era profesional. Ninguno de sus miembros había sido formado en la Policía Federal u otras fuerzas de seguridad. Lo conducían habitualmente por el mismo recorrido. El día previo al atentado, antes de levantar una reunión ampliada en la CGT en la que se festejó la victoria de Perón, Rucci comentó que iba a dormir a la casa de Avellaneda. La frase se escuchó, y durante mucho tiempo se creyó que había sido víctima de un complot interno del sindicalismo, gestado en la propia central obrera. El 24 de septiembre, durante la noche, el Torino de la custodia estacionó sobre la calle Avellaneda, treinta metros antes de la casa que ocupaba Rucci. Uno de los custodios vio una camioneta Chevrolet con caja estacionada sobre la mano de enfrente. Cruzó para inspeccionar, levantó la lona, miró adentro y enseguida la bajó. En la oscuridad de la caja de la camioneta había dos hombres con un handy, sentados sobre una banqueta. El custodio no los vio. Al rato llegó Rucci y entró en la casa. Desde la camioneta de observación avisaron que el objetivo ya había llegado y nada hacía prever que se moviera de allí. Durante la noche, la camioneta cambió de lugar.

Isabelita junto a López Rega.

Luego de más de tres meses de tareas de inteligencia y con la acción militar ya diseñada, se puso en marcha la operación contra el jefe sindical. A primera hora de la mañana del 25 de septiembre, el joven interesado en la compra de la casa de Avellaneda 2951, acompañado por “el profesor”, se acercó a la propiedad de la señora Magdalena Villa de Colgre. Tocaron el timbre. Venían a devolverle el plano y ajustar las condiciones de venta. Cuando la propietaria les abrió la puerta, la tomaron del brazo e ingresaron. Enseguida la amordazaron, la ataron de pies y manos y le colgaron un cartel: “No tiren, dueña de casa”. El papel estaba escrito con su lápiz labial. Unos minutos después, cuando un Torino de la custodia ya estaba estacionado frente a la vivienda donde dormía Rucci, el resto del grupo operativo ingresó en la casa vecina simulando ser un grupo de pintores dispuesto a iniciar su jornada de trabajo. Dentro de lonas, rollos de cartón y latas de pintura, ingresaron las armas; también una escalera, que luego utilizarían para escapar por el fondo de la casa. Algunos miembros del grupo armado se apostaron detrás de las ventanas cerradas de la planta baja. Otros, frente la ventana del piso de arriba. A las 12.10, de la casa que ocupaba la familia Rucci salió un custodio que miró a ambos lados de la vereda. Detrás de él salió el jefe de la CGT. Las persianas de las ventanas de la planta baja y el primer piso de la casa tomada se levantaron simultáneamente. Primero tiraron un explosivo con mecha a la vereda para crear confusión —otros dos que fueron lanzados no explotaron— y le dispararon con ametralladoras, escopetas y fusiles. También apuntaron contra el baúl del Torino, para neutralizar el equipo de comunicaciones. La esposa de Rucci, que estaba hablando por teléfono, corrió hacia la puerta y vio morir a su marido cuando todavía no había terminado la sucesión de disparos. Los hijos llegaron del colegio media hora después. El cuerpo todavía estaba en la vereda. El grupo comando ya había escapado por los fondos. Y atravesaron el pasillo de la vivienda de la calle Aranguren al grito de “Policía Federal”. Dos autos estacionados sobre la calle Aranguren les permitieron la fuga. Estaban abiertos, con las llaves guardadas en el parasol. Parte del grupo operativo fue hacia una imprenta del barrio de Barracas. Consiguieron el diario de la tarde, que había alcanzado a publicar el atentado contra Rucci. Leyeron la noticia sentados en un bar.

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Setenta años más tarde, continúa el misterio sobre cómo murió Juan Duarte, Juancito, el hermano de Eva Perón. Cata de Elía logró penetrar en los archivos ocultos y éste es un adelanto de su trabajo publicado en “Maten a Duarte” editado por Planeta.