Espías desnudos
El espionaje, fascina, repele y compra voluntades desde siempre. En América Latina, como tantas otras cosas, termina siendo una actividad de personajes oscuros e inútiles.
Gerardo "Tato" Young
11 de agosto de 2020
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La tormentosa revelación de operaciones de espionaje ilegal dentro de la AFI de Mauricio Macri, y su impacto en la arena política, no permite observar del todo algunos hechos sorprendentes y reveladores de un tiempo nuevo. En primer lugar, el acontecimiento inédito que supone la detención de dos Directores de Inteligencia –nunca había sucedido- y lo que eso está reflejando: el evidente proceso de aniquilación del sistema de Inteligencia argentino.

Desde su fundación durante los primeros años del peronismo, la AFI (antes SIDE y otros nombres) nunca se había visto semejante derrumbe de piezas. En las últimas horas, han llegado a prisión un ex Director de Contrainteligencia (Diego Dalmau Pereyra) a un ex Director de Operaciones (Alan Ruiz) y una pila de agentes. La acusación del juez federal Federico Villena es simple: haber usado los fondos y recursos del Estado para espionaje de cabotaje y político.

Por supuesto que no es la primera vez que los espías cometen este tipo de tropelías. En los años ochenta la prensa reveló la existencia del Grupo Alem –comandado por Raúl Guglielminetti, nada menos-, encargado de las operaciones sucias que el alfonsinismo renegaba, pero la Justicia miró siempre para otro lado. Muchos episodios ensombrecieron a la SIDE de Hugo Anzorreguy en los años noventa, pero la única vez que un juez quiso allanar a la sede central del organismo para buscar información, lo echaron a punta de fusil. El caso AMIA y los escándalos de los que participó la SIDE también hicieron su escalabro, pero, para ser francos, no eran más que ajustes internos. Ni siquiera durante el kirchnerismo, cuando el espionaje gobernó a su gusto las cloacas, generó un solo episodio judiciable.

Gustavo Arribas y Silvia Majdalani, jefes de los espías durante el gobierno de Macri.

De pronto, ahora todos se animan. De pronto, la AFI quedó al desnudo.

¿Qué ha ocurrido entonces? ¿Por qué asistimos al tristísimo conocimiento de una serie de seguimientos personales y otros operativos un tanto patéticos de los espías oficiales? Es cierto que el kirchnerismo está haciendo lo imposible por darle impulso a la causa judicial para meter en el barro al macrismo y, de ser posible, llevar a la cárcel al ex Presidente. Pero hay una razón mucho, mucho más profunda. Y esa es la noticia de mayor impacto: la AFI está en terapia intensiva, al borde de la muerte.

El derrumbe empezó hacia finales del 2014, cuando Cristina Kirchner, todavía Presidenta, enfrentada de pronto a la estructura que le había asegurado impunidad durante años, decidió romper lazos con esa “mesa judicial” (la suya), que integraban el omnipresente Javier Fernández, su principal operador en la justicia federal, y el mejor y el peor de todos los espías argentinos, Jaime Stiuso. El mejor por su profesionalismo; el peor por sus objetivos.

Lo que siguió a esa salida fueron muchas otras. Con Stiuso se fueron sus principales colaboradores –El Gordo Miguel, por caso-, pero también sus rivales internos, como Fernando Pocino, y los que hacían equilibrio entre ambos, como Alberto Massino. Detrás de cada uno de ellos se fueron sus hombres de confianza y sus redes de contactos y sus técnicas de espionaje y sus archivos y sus relaciones con otras fuerzas de Inteligencia y de seguridad, de aquí y del mundo. Peor aún, también se llevaron los pocos, pero ciertos planes estratégicos.

La interventora de la AFI del gobierno de Alberto Fernández.

Cuando llegaron a la AFI los elegidos por Macri, Gustavo Arribas y Silvia Majdalani, lo que había allí era poco menos que nada. Burocracia, agentes deprimidos, ñoquis, papeles incomprensibles, computadoras vacías. Y entonces se hizo lo que ahora vemos. Se contrataron viejos policías de la Bonaerense, que a su vez contrataron a extorsionadores y mitómanos como Marcelo D’Alessio. Los nombramientos dentro de la estructura fueron igualmente improvisados. Dalmau Pereyra fue nombrado al frente de la Dirección de Contrainteligencia sin ninguna experiencia, más que la de haber tomado mucho mate en la inútil Escuela de Inteligencia. Alan Ruiz venía de conducir un programa de búsqueda de prófugos en el ministerio de Seguridad y terminó a cargo de la Dirección de Operaciones, el territorio donde operan los agentes que se suponen más peligrosos y por eso delicados. Ruiz no sabía ni donde quedaban las bases secretas de la AFI. Menos la categoría de sus recursos humanos. Menos aún las reglas básicas del espionaje, como aquella que indica que los trabajos inorgánicos se deben hacer de manera inorgánica. Resulta insólito que jefes de la AFI se hayan manchado las manos con las operaciones sucias, como parece estar saliendo a la luz.

¿Si espiaban a propios extraños? Seguramente, como ha pasado tantas veces. Algo que no les quita responsabilidad. Pero lo importante es lo que representan. El declive de un organismo que siempre se usó mal, que siembre sirvió a los intereses políticos de turno. La Inteligencia no tiene nada que ver con la política. Es más: es demasiado importante para que la manejen los políticos.

Mientras tanto, el mundo vuela a otro ritmo y a otros destinos. Las principales agencias de Inteligencia del planeta hoy están trabajando en la mitigación de los daños de la pandemia, en la prevención de eventuales nuevos virus, en el análisis de rutas comerciales, en la fusión de información global, en el seguimiento de refugiados y el cuidado frente al terrorismo. Hoy, aquí, la nueva interventora de la AFI, Graciela Caamaño, sabe sólo lo que ignora de un oficio cada vez más cambiante. Muchos le reconocen buenas intenciones, pero hasta ahora se sabe que ha convocado a nuevos agentes a través de una página web, que se la pasa revisando computadoras para ver si descubre roña vieja y que ha ofrecido un generoso retiro voluntario, que naturalmente sólo acepta el único recurso humano más o menos valioso que le queda.

Silvia Majdalani, la ex codirectora de la agencia de espionaje de Argentina.

¿Cuáles son sus planes para modernizar a la AFI? ¿Cuáles sus objetivos? Hace poco se la vio en zoom con Ariel Garbartz, un nada pintoresco perito que, entre otras cosas, cuenta entre sus antecedentes haber hecho un estudio imposible sobre el celular de Santiago Maldonado que, según él, demostraba que el muchacho había sido secuestrado y desaparecido por la Gendarmería. Lo cierto es que Camaño no ha podido recuperar una sola de las redes de relaciones con los servicios de Inteligencia del extranjero, ni reencauzado las muchas líneas de contactos que se perdieron con el sistema de seguridad interior.

Puede, finalmente, que el estado de letalidad de la histórica agencia de Inteligencia no sea una mala noticia. Lo es, sin embargo, que no haya nada serio en su lugar.

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