Una corsaria en el campo de batalla
La corresponsal de guerra, Marie Colvin, perdió un ojo por las esquirlas de una granada en Sri Lanka y la vida en Siria. Se convirtió en leyenda del periodismo global.
Luis Sartori
24 de noviembre de 2020

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Miércoles 22 de febrero de 2012. Anoche, la corresponsal transmitió con su celular desde el centro de prensa improvisado en un edificio del barrio rebelde de Baba Amro, en Homs, Siria. Ella y su fotógrafo habían entrado al país clandestinos, en moto, de noche. Su crónica urgente se difundió vía Skype a través de la BBC y Channel 4. El último informe  fue para la CNN. Al aire, denunció: “Es una completa mentira que vayan en busca de los terroristas. El ejército sirio está simple y fríamente bombardeando una ciudad, provocando la inanición de civiles. Es algo absolutamente despiadado”. Agregó: “Hoy vi morir a un bebé”.  

Esta mañana, desde temprano, cae fuego de mortero a ambos costados del edificio de los periodistas. 

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Su voz grave de fumadora compulsiva quiebra el clima de drama en el pasillo del hospital. “Todo lo que necesito ahora es un cigarrillo y un vodka martini”, escucha el enfermero y se le escapa una sonrisa.

Desparramada en la camilla, Marie Colvin acababa de perder el ojo izquierdo por un disparo de granada. Puede ser que todavía no lo supiera. Pero apenas unos minutos antes había estado vomitando sangre por la boca y por ese ojo, y llegó a creer con tristeza infinita que le había llegado la hora final. Sin embargo, a la espera de su turno en un quirófano atestado por las esquirlas de la guerra civil en Sri Lanka, renació el humor mordaz que solía brotarle cuando las balas o las bombas sonaban, cada vez que la vida parecía evaporarse en el aire. Y después de la cirugía, escribió su crónica en la cama del hospital.

Nativa de Nueva York, graduada en Yale bajo la mentoría de John Hersey -célebre por “Hiroshima”, un hito del periodismo publicado en The New Yorker al año de la bomba atómica-, londinense por adopción y reportera de revueltas, revoluciones y guerras que la convirtieron en leyenda con sus textos para el Sunday Times, Marie vistió desde aquel día horrible de 2001 un parche oscuro, a lo corsaria, que le añadió magnetismo a su personalidad intrépida, sofisticada, áspera, irreverente, temeraria y con gran sentido de humor. Muchas mujeres en una sola mujer, el cóctel de su vida que fue bebiéndose de a grandes sorbos.

Marie Colvin, a los 35 años, en los territorios palestinos.

Arrancó en la agencia UPI (United Press International), donde llegó a conducir la oficina en París, pero en 1986 decidió dejar la vida en la capital francesa para vivir otra vida en la capital británica. Es una manera de decir: al incorporarse al Sunday Times dio un giro total, se despidió de las redacciones fijas y comenzó a acumular millas aéreas y sellos de pasaporte sin interrupciones, como quien -como ella hacía- enciende un cigarrillo con la colilla del anterior.

Recorrió, sufrió y narró durante un cuarto de siglo los escenarios más violentos y desangelados del planeta. El repaso evoca violencia, devastaciones, masacres: Sierra Leona, Etiopía, Eritrea, Timor Oriental, Kosovo, Zimbabwe, Chechenia, Siria. Crónicas calientes desde el epicentro de las calamidades, que le pusieron nombre a miles de personas indefensas atrapadas por los conflictos, que hasta entonces eran anónimas y parecían olvidadas a su mala suerte. Sus textos no se centraban en geopolítica ni en tácticas militares, sino en personas, en mujeres y niños con hambre escondidos en sótanos o caños de desagüe. En medio de tanta crueldad, y aún en la fugacidad, con sus relatos logró muchas veces que el ser humano volviera a ser la medida de las cosas.

Por ejemplo: en 1999 en Dili, capital de Timor Oriental, mientras cubría la ola de violencia desatada después de la votación que decidió la independencia respecto de Indonesia, Colvin fue una de las tres periodistas mujeres que se quedaron en un campamento de la ONU sitiado, donde 1.500 civiles (mayoría de mujeres y niños) buscaban refugio de los ataques del ejército indonesio. Sus informes globalizados -tanto en papel como a través de las cadenas internacionales de noticias- fueron decisivos para frenar el ataque militar y para que una fuerza de paz australiana terminara evacuando a los refugiados al cabo de cuatro tensos días de bloqueo. “Avergoncé a los que toman decisiones, y eso estuvo bueno porque salvó vidas. Es extraño ver un resultado tan directo en el periodismo”, escribió luego, filosa, como si nada.

Cuando todo era todavía incertidumbre y peligro en aquel campamento, y la mayoría de sus colegas varones ya habían dejado la isla para trabajar a salvo desde la cercana Australia, recibió un llamado de Londres. “¿Dónde están los periodistas varones?”, le preguntó su editor. “Se fueron”, contestó ella y aguijoneó, a su estilo: “Supongo que ya no hacen a los hombres como solían hacerlos”.     

También se entreveró en la Primavera Árabe, en Egipto, Túnez y Libia, donde se la recuerda a cualquier hora en medio de las multitudes con su infaltable anotador o un micrófono de televisión en la mano.

Colvin en una de sus varias entrevistas con el líder líbio, Muamar Gadafi.

Dueña de un poder de seducción modelado por toda clase de tiroteos, fue el primer periodista occidental en lograr una entrevista con Muamar Gadafi luego de que Estados Unidos bombardeó su casa y mató a su hija, en 1986. Se volverían a cruzar varias veces en los años siguientes. “Cada vez que lo veía, él trataba de seducirme. Se terminó convirtiendo en una broma entre nosotros”, contó alguna vez. Marie también estaba en Sirte el 20 de octubre de 2011, cuando milicianos del CNT (Consejo Nacional de Transición) acabaron con el mito viviente libio de dos disparos a quemarropa.    

En 1994 acompañó el regreso de Yasser Arafat a la Franja de Gaza al cabo de 27 años de exilio, y desde entonces mantuvo contactos habituales con el líder palestino, siempre de madrugada. La ceremonia se clonaba cada vez: Arafat la hacía llamar después de medianoche; un auto la pasaba a buscar y la conducía por calles oscuras y estrechas; iban a una velocidad que ella describió como “espantosa”. Para Marie, “estaba claro que él nunca planeaba algo de antemano, y cuando daba una orden esperaba que fuera obedecida de inmediato”.

Cierta vez en Irak convenció a los militares de Saddam Hussein de que ella y su fotógrafo eran médicos voluntarios. Así pudo excavar la tierra y descubrió cientos de cadáveres de kuwaitíes.

Otra cierta vez, cuando cubría los movimientos de los rebeldes chechenos cercados por las tropas rusas, para escapar del asedio debió caminar días chapaleando en la nieve y el barro y atravesó un paso cubierto de hielo a 3.600 metros de altura.

Llevaba bajo la piel el gen del sacrificio. “En la era de la información 24 por 7, de los blogs y de Twitter vivimos en contacto permanente donde quiera que estemos. Pero informar sobre una guerra sigue siendo en esencia lo mismo: alguien tiene que ir allí y contar lo que está pasando. No se puede conseguir la información sin ir a los lugares donde se dispara a otros y otros te disparan”, definió en 2010, en un homenaje a colegas muertos en coberturas de guerra. Y creía que ese sacrificio valía a pena: “La dificultad -concluyó entonces- radica en tener la suficiente fe en la humanidad para creer que habrá bastante gente a la que le importe que lo que cuentes llegue a los diarios, la web o la televisión”.   

Esa piel curtida fue acumulando con los años pequeñas y afiladas esquirlas de metralla que de tanto en tanto pugnaban por salir, intentos de su cuerpo ágil y atlético por expulsar los recuerdos más atroces.

     Marie fue multipremiada: mejor cronista de guerra en 2000, 2009 y 2012, premio al coraje periodístico en 2000, premio Anna Politkovskaya 2012, y World Press Freedom 2013. En Gran Bretaña se la considera la mejor corresponsal de guerra de su generación. 

Colvin entrevistando a sobrevivientes de una masacre en Irak.

 Hija de un ex marine, esta capricorniana habituada a vestir pantalones caqui, remeras de fajina, botas de campaña, chaleco antibalas y hasta casco fue, al mismo tiempo, una mujer sofisticada que adoraba codearse con líderes mundiales y asistir a fiestas. Como la retrató la periodista de guerra Lindsey Hilsum en el libro “In extremis”, Marie podía pasarse “una semana pisoteando nieve y lodo en las montañas de Chechenia con riesgo de vida,  y la siguiente ponerse a charlar con Warren Beatty en una fiesta en Los Ángeles”.

La editora de la revista Vogue, Alexandra Shulman, describió el lado glamoroso de Marie: “Después de mucho tiempo ausente, era habitual que invitara a cenar a su departamento de Hammersmith, en el oeste de Londres, a unas cuatro personas. Y que la ocasión se convirtiera en un encuentro de 20 comensales que probaban los más sofisticados platos, por lo general servidos hacia la medianoche. Ella podía estar en Medio Oriente un viernes y armando una enorme reunión el sábado por la noche”.

Añade que en sus cenas-fiesta “habían cantidades industriales de alcohol, peleas, colados e invitados que llegaban a última hora. Bianca Jagger podía aparecer en cualquier momento, al tiempo que colmaban el lugar escritores y periodistas. Se ponía feliz de ver a todo el mundo”. Y no se hacía rogar si la invitaban a otras fiestas: “Se quedaba hasta el final, bromeando y conversando con genuino interés con personas a las que acababa de ser presentada, con su franca sonrisa como un faro y sus largos brazos metidos en un vestido que solía ser el más corto del salón. Tenía un cuerpo estupendo, y le gustaba mostrarlo”.

Cuando retornaba a Londres iba directo al peluquero para domesticar su cabello rebelde, y recuperar uñas de reina. Continúa Shulman: “Usaba collares de perlas, suéteres de cachemir y chaquetas de cuero, y tenía predilección por la lencería fina y la ropa de cama lujosa”. 

Claro que lidiaba, como cualquier persona común, con su lado B. “Era caótica en la forma como manejaba su vida cotidiana. Un viaje cercano a los alrededores de Oxford suponía la pérdida de un ticket, la billetera o el celular”, recuerda la editora de Vogue. Y Hilsum, su biógrafa, añade: “Durante las coberturas era inhábil para leer un mapa o manejar un teléfono satelital”. Tampoco fue inmune a la vanidad y no pensaba dos veces antes de hacerles sentir a otros colegas quién había logrado más jinetas en el oficio. 

Así en la vida como en la guerra, sus amoríos también los atravesó alejada años luz de la calma y nunca nadie ha contado si en algún momento fue feliz. Se casó tres veces, las tres con corresponsales de guerra y dos con el mismo hombre: Patrick Bishop, hoy uno de los mejores historiadores militares de Gran Bretaña. De la primera boda con él guardaba los regalos sin abrir, en las antípodas de una vida hogareña. Su otro marido fue el boliviano Juan Carlos Gamuccio, entonces cronista del diario El País de España, que se suicidaría en su ciudad natal en 2002. A su última pareja, el empresario Richard Flaye, le escribió desde Siria: “Me quedo una semana más y me marcho. Cada día es un horror”.            

Su sobredosis de exposición a la primera línea de fuego le pasó una factura más desgarrante que las esquirlas bajo su piel. Fue diagnosticada con trastorno por estrés postraumático. La atormentaban flashes recurrentes de pesadilla: un anciano en Chechenia, de respiración ronca y con la parte de atrás de la cabeza despedazada por un cohete ruso; el cuerpo de una campesina con un vestido de lana gastado, con el que se tropezó bajo un arbusto en Kosovo; una joven palestina con heridas de bala a la que vio morir en Beirut. En el aparente armisticio con el horror de sus regresos al departamento londinense, Marie recurría a la bebida y caía una y otra vez en ataques de pánico.

   Resultaba una ironía que dijera sentirse más segura en zonas de guerra que en su vida “en reposo”. En el frente lograba ponerse en foco, la bebida quedaba bajo control, dejaba atrás sus relaciones de pareja siempre complicadas. 

Colvin interpretada por Rosamund Pike en el film “Una guerra privada”

Para su biógrafa “fue descuidada consigo misma, tanto con su cuerpo como con su mente. Y por eso pienso que su historia no es ejemplar sino una advertencia”.

Su último fotógrafo, el británico Paul Conroy, disiente con quienes la consideran una valiente. “Sentía un miedo justificado en la línea de fuego y su mayor fortaleza fue que logró superar ese miedo. Su valentía consistió en volver a entrar a Siria a pesar de que estaba aterrorizada. La curiosidad superó cualquier sentido de mantenerse con vida”.

Conroy defiende también al Sunday Times de quienes piensan que no los protegió lo suficiente. “Nadie puede acusar al diario. Nosotros empujamos y empujamos para ir a Siria. Nadie tuvo la culpa. Ella sabía adónde nos estábamos metiendo. Marie estaba convencida de que ella podía salvar vidas, en Homs especialmente”.

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Miércoles 22 de febrero de 2012. Los ataques de mortero ahora arrecian, ya no sobre los costados del edificio de la prensa del barrio Baba Amro, en Homs: impactos secos están pegando justo donde los periodistas se guarecen, y comienzan a desintegrar las paredes. Con mirada y gesto nervioso en la cara, la corresponsal le indica a su fotógrafo que va a salir. Él no se lo dice, pero prefiere quedarse, parapetado detrás de un muro. Ella escapa corriendo a través de la puerta y la sigue otro fotógrafo, el francés Rémi Ochlik. Se sienten el estruendo y el temblor de una nueva explosión. Los proyectiles alcanzan a ambos en medio de la calle estrecha. Quedan tirados entre un mar de polvo y escombros. Están muertos. 

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Parte de guerra

– Marie Colvin fue asesinada a los 56 años por las fuerzas sirias a 2.700 kilómetros de Londres, la misma mañana de la tragedia ferroviaria de Once en la aún más distante ciudad de Buenos Aires.

– Su compañero Conroy salvó su vida, fue evacuado del país hacia Líbano en camilla seis días más tarde en un operativo de rescate en el que murieron 13 personas, y debió pasar por 14 operaciones para recuperarse de sus heridas en una pierna.

– Apenas pudo dejar el hospital, en una catarsis de seis semanas y de un tirón, Conroy escribió “Under the wire” para relatar sus coberturas junto a Marie en Libia 2011 y Siria 2012, que fue luego la base de un aclamado documental homónimo.

– La vida excepcional de Marie Colvin fue llevada al cine en 2018, en la película “The private war”.

– En 2015 fue creada en Gran Bretaña la red Marie Colvin Journalist, una comunidad virtual de discusión, apoyo práctico y tutorías para mujeres periodistas de Medio Oriente y el norte de África, que funciona adscripta a la ONG The Circle (of women), de la cantante Annie Lennox.

– El 31 de enero de 2019 un juez de Estados Unidos condenó al régimen de Bashar al-Assad por la muerte de la periodista, y estableció que debe pagarle 302 millones de dólares a la familia por daños y perjuicios. Argumentó que funcionarios sirios del más alto nivel planearon y ejecutaron el ataque al centro de prensa. Siria no acata el fallo.

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