La droga de Trump no cura el Covid, pero mata soldados
Las graves consecuencias de las medicinas que el presidente estadounidense recomienda para tratar el coronavirus. Cómo terminaron con la vida de un soldado de origen argentino.
Gustavo Sierra
gustavohectorsierra@gmail.com
10 de agosto de 2020

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John Torres apareció muerto en las letrinas de la base estadounidense de Bagram, en Afganistán. A este argentino nacido en Córdoba y criado en Texas, le faltaban apenas dos meses para terminar su servicio en el ejército estadounidense y regresar a Houston para casarse. Estaba asqueado de la guerra. Había sido testigo de la destrucción y la muerte que causan. Pero también de la miseria humana que emerge y esta vez encarnada en un grupo de suboficiales que utilizan la repatriación de cadáveres de los soldados para traficar heroína.

El Ejército entregó sin mayores explicaciones el cuerpo a su padre, Juan Torres, uno de los tantos inmigrantes latinoamericanos que había llegado con su familia argentina a Texas en los años noventa. Fue cuando Juan comenzó una larga lucha por descubrir la verdad sobre la muerte de su hijo. No dudó en enfrentarse a los servicios de inteligencia más poderosos del mundo y a las presiones de los políticos hispanos de Chicago. Pasó meses protestando frente al rancho del entonces presidente George W. Bush, el Pentágono y la Casa Blanca. Y mientras iba juntando testimonios y pruebas se encontró con una verdad aún más difícil de aceptar. 

John Torres, como miles de otros veteranos de las guerras de Afganistán e Irak, había muerto a causa de una droga contra la malaria que administra el Pentágono a todos los soldados que están en Asia, la mefloquina. Una variante de esta droga, la hidroxicloroquina, es la que el presidente Donald Trump recomendó para combatir el coronavirus. Rápidamente, los científicos más renombrados rechazaron la propuesta del ocupante de la Casa Blanca. Pero decenas de estadounidenses que le creen a su presidente ya se la habían inyectado. Algunos murieron a las pocas horas. Ninguno se curó del Covid-19 por la hidroxicloroquina.

La mefloquina, prima hermana de la hidroxicloroquina, fue desarrollada por el hospital militar Walter Reed de Washington para combatir la malaria durante la Guerra de Vietnam. Se utilizó hasta que las presiones por el caso de John Torres hicieron que el Pentágono la quitara de sus drogas recomendadas. Para entonces, ya había provocado la muerte de miles de soldados y veteranos. Después de consumir este antipalúdico durante meses, al discontinuarlo provoca alucinaciones, qué combinadas con el estrés postraumático, llevan a los militares a suicidarse. 

Este es el informe que recibió el argentino Juan Torres en forma anónima en su casa de la ciudad de Chicago el 23 de junio de 2005, donde se enteró cuál había sido la verdadera causa de la muerte de su hijo: no lo habían matado unos narcotraficantes enquistados en el ejército como él creía. Había sido el propio aparato militar el que le suministró la droga que terminó con la vida de John. La droga asociada a la que ahora Donald Trump sugiere administrar a todos los afectados por el Covid-19.

Cuartel general, 44ª Brigada Médica, Unidad de Tareas/249 MED

254º Destacamento médico (Control del estrés en combate).

Aeródromo de Bagram, Afganistán

APO AE 09354

Memorando para: S.A. Cris PXXXXX

Asunto: Evaluación de la salud mental del caso del soldado John Torres.

Sus supervisores y compañeros describen a Torres como brillante, competente, sociable y más maduro que la mayoría de sus pares.

Poco después de regresar de su período de licencia, el 6 de mayo de 2004, el soldado Torres comunicó a los médicos de la base que sus problemas gastrointestinales, que arrastraba desde hacía seis meses, se habían agravado.

El único período de alivio se había registrado durante su estadía en Texas. Específicamente reportaba severos dolores en el pecho que se extendían desde el abdomen, también constipación, una sensación de inflamación del esófago, nauseas e inflamación estomacal.

En ese momento estaba tomando Zantac, una medicación para la acidez de estómago de venta libre.

Subsecuentes revisiones médicas fracasaron en la búsqueda de un diagnóstico definitivo y después de probar una serie de medicamentos que no hicieron ningún efecto, su médico, el doctor Mayor XXXXX, determinó que los síntomas que padecía el soldado Torres se debían a una respuesta psicosomática al estrés. El 4 de junio alrededor de las siete de la mañana, el Mayor XXXXX acompañó a Torres hasta la clínica de control de estrés provocado por el combate donde fue atendido por el médico teniente XXXX. El soldado Torres indicó que él no había concurrido allí en forma voluntaria. El Dr. XXXXX informó que el paciente se quejó: «no me quieren mandar a ver un especialista en temas gastrointestinales y por eso están dando vueltas y me mandan aquí».

El paciente reporta fatiga ocasional durante el día pero sueño normal y no cree tener signos de estrés. El soldado Torres niega padecer de ansiedad significativa, aunque dice haber tenido algún alivio al tomar Ativan, un ansiolítico. «Pareciera que me alivia el dolor en el pecho», escribió el paciente en su evaluación personal previa. El médico teniente XXXXX recomienda continuar con esa medicación y considera que en líneas generales el paciente se encuentra en buen estado de salud mental.

En su diagnóstico dice que «hay que descartar cualquier desorden mental o condición médica crónica» y que le pidió al paciente volver a verlo en dos semanas.

El 21 de junio de 2004 el soldado Torres regresó a la clínica como se le había instruido y dijo que había tenido un cierto alivio gracias a las pastillas de Ativan. Cuando se le preguntó, negó cualquier pensamiento de suicidio u homicidio. El médico teniente notó una disminución en la ansiedad e irritabilidad del paciente. Diagnosticó «desorden de adaptación» y le pidió al paciente que continuara con la medicación del ansiolítico y que mantuviera consultas periódicas con su médico principal.

El paciente tuvo hasta cuatro entrevistas con su médico.

El último contacto fue un encuentro casual en la oficina de suministros donde trabajaba Torres. Allí el soldado se quejó nuevamente «por qué no me envían a ver a un especialista al hospital en Alemania». El médico no dijo por qué no se había enviado al paciente a ver al especialista en temas gastrointestinales, pero se explayó en su informe diciendo que en varias ocasiones en que interrogó al soldado Torres, éste negó que tuviera inclinaciones hacia el suicidio o cualquier otro intento de homicidio.

Unos pocos compañeros del soldado Torres estaban al tanto de sus problemas de salud, pero ninguno de ellos notó ningún cambio en su personalidad o estado mental. Sabían que tenía algunos problemas para conciliar el sueño y que en ocasiones se había quedado dormido y llegado tarde a su trabajo en la oficina de suministros. Pero que no había tenido problemas por eso.

Su familia y algunos amigos sabían que el soldado Torres no creía en la misión que estaba llevando a cabo el ejército en Afganistán y que estaba ansioso por regresar a su vida civil. Había rumores de que la unidad de Torres iba a ser enviada a Irak y el soldado decía en forma de broma «voy a ir a ver al cura de la base todos los días para ver si puede hablar con el de arriba para que haga algo y no nos manden».

Mientras estuvo de licencia, su familia y amigos observaron que Torres se encontraba muy cansado, pero en buenas condiciones. Cuando apareció en una conversación el tema del suicidio de un amigo dijo que esa era una actitud egoísta.

Después de su licencia, al menos uno de sus compañeros notó que Torres se mostraba más callado y reservado que de costumbre. También notó que el soldado no iba a cenar junto a sus compañeros en el comedor, sino que prefería ir a buscar la comida y comer sólo en la barraca.

Sus compañeros lo describen como: listo (especialmente en el manejo del dinero), optimista, cariñoso, gracioso, generoso (por ejemplo, prestando dinero), interesado en ayudar a los otros, siempre con una actitud positiva y siempre hablando de su futuro (casamiento, familia, hijos). Era muy cercano a su familia y hablaba con su madre, por teléfono, muy seguido (NdeA: los padres estaban separados de hacía varios años). 

A partir de fines de junio, Torres estaba entrenando a otra persona para que ocupara su puesto y se encontraba bajo estrés mínimo por su trabajo. Era muy común que llevara su laptop a la oficina y se le viera jugando a algún juego digital para matar el tiempo. También seguía las noticias y buscaba las mejores ofertas para ir de luna de miel a Las Vegas.

El 11 de julio de 2004, la mañana previa a su muerte, el soldado Torres fue con un amigo hasta una tienda de la base y compró varios DVD de películas. Hablaron de encontrarse en Houston después de regresar a la vida civil y agendaron juntos un masaje en la tarde. Cuando el amigo lo fue a buscar poco después del mediodía, Torres dijo que estaba muy cansado y que se quedaría en la barraca.

En la noche del 11 de julio, Torres se presentó como era habitual para cumplir con su trabajo en la oficina de suministros pero el sargento Coronato le informó que le habían cambiado su asignación por una guardia en la mañana. Pidió prestado un reloj para despertarse, pero aparentemente no durmió esa noche. Algunos testigos lo vieron jugando en su computadora, escuchando música y viendo una película (“21 gramos”, de González Iñarritu). 

Pidió prestada una linterna.

En la mañana del 12 de julio de 2004, entre las 4:15 y las 6:00 de la hora local, el sargento McDonough vio a Torres entrar a las letrinas con la cabeza gacha, llevando su arma, una toalla y una botella de agua. Cuando le preguntó qué hacía despierto tan temprano, Torres le dijo que tenía «una puta guardia en una de las puertas». El sargento notó que a Torres «no se le veía como siempre, parecía que había dormido con la ropa puesta, sus pantalones estaban desabrochados y arrugados». Estas observaciones no fueron consideradas importantes en ese momento y el sargento continuó con sus actividades.

Alrededor de las siete de la mañana, la CID (División de Investigaciones Criminales) recibió una llamada reportando un aparente suicidio. El cuerpo del soldado Torres fue encontrado al final de las letrinas con el arma en el piso.

Había muerto de un tiro en la cabeza y no hay testigos del hecho o del momento del disparo. Se encontraron junto al cuerpo una carta de suicidio y dos fotos familiares.

En su carta, escrita a ambos lados de un papel arrugado, el soldado Torres hace mención de sus severos dolores de pecho y estómago como causa de su suicidio y le pide a la familia que se cuiden unos a otros.

Evidencias post-mortem

a) La necropsia revela la ausencia de cualquier aparente afección en el sistema gastrointestinal.

b) El examen toxicológico indica que no hay presencia de ninguna droga de abuso, incluidos las benzodiacepinas que podrían estar presentes en las medicinas prescritas.

c) De acuerdo con el jefe del pelotón, Torres y todos los miembros del mismo estaban tomando Lariam (mefloquina) como profilaxis contra la malaria.

El soldado John Torres era un joven sin historia psiquiátrica cuya ansiedad psicosomática crónica, aparentemente, lo pudo llevar a cometer suicidio.

Los síntomas físicos que decía experimentar Torres lo dejaron exhausto a pesar de que no había causa orgánica…

Su inesperado cambio de humor que lo llevó a no poder dormir la noche previa al suicidio parece, también, haber debilitado su vigor y ensombrecido su pensamiento.

El hecho de que el uso del ansiolítico Ativan haya sido beneficioso indica la presencia de cierto grado de ansiedad.

Esto puede haber sido derivado de un desorden psicosomático.

Torres no tomó esa medicina en los días previos al episodio. La ansiedad, particularmente la de forma interna (física) puede ser un factor de riesgo de suicidio.

La medicina para prevenir la malaria, Lariam (mefloquina), está conectada con numerosos efectos neuropsiquiátricos y somáticos como síntomas gastrointestinales, desórdenes del sueño y reacciones psiquiátricas como depresión, cambios abruptos de humor, ansiedad, pánico, agitación confusión, paranoia, etcétera. Estos efectos no son frecuentes en pacientes sin antecedentes psiquiátricos, pero hubo casos de desarrollo de esta sintomatología después del suministro de una tercera dosis de Lariam. También hay reportes de comportamientos suicidas y homicidas en estos pacientes. Los efectos psicosomáticos expresados por Torres, posiblemente tengan que ver con el tratamiento en curso con Lariam. También es posible que haya experimentado una mejoría en sus síntomas mientras estuvo de licencia porque en esos días no consumió la droga.

Factores psicológicos

Identidad ocupacional y factores culturales. Como consta en el presente informe, Torres estaba esperando ansioso el momento de dejar el servicio. Y aunque su trabajo como administrador de pertrechos continuaba siendo bueno y estaba muy próximo a un ascenso, él ya se encontraba enfocado en lo que sería su vida como civil y su carrera como contador. Estaba cansado de su papel de soldado. Ya no estaba convencido de la misión del ejército en Afganistán, permanecía preocupado por la posibilidad de que su unidad fuera desplegada en Irak y se sentía muy molesto porque algunos de sus compañeros consumían drogas ilícitas.

Estos convencimientos sólo los compartió con un pequeño grupo de familiares y amigos. En su desempeño diario, Torres siguió siendo un soldado positivo, profesional, sociable y estable. Esta contradicción entre lo que pensaba y lo que expresaba es posible que hayan predispuesto a Torres a sufrir síntomas psicosomáticos.

Relaciones y orientación familiar. 

La mayoría de quienes lo conocían describen a Torres como enamorado y convencido de poder crear un futuro con su novia Cathy (tenía planes de boda, luna de miel, comprar una casa, tener hijos, etcétera). En su carta de despedida expresa su arrepentimiento por no concretar su sueño de una vida junto a ella y le pide a su madre que haga todo lo posible para ayudarla.

Los rumores de que Cathy podría haberle enviado una carta diciéndole que ya no lo quería resultaron totalmente infundados… En su retorno de la licencia en Texas se lo vio mucho más callado y reservado que nunca. Decía que no comía junto a sus compañeros porque la comida era muy grasosa, y eso provocó que se aislara.

Moral y creencias.  

El soldado Torres había expresado a su familia que consideraba el suicidio como un «acto de egoísmo»  y en su carta de despedida expresa la vergüenza que siente por la acción que va a cometer y les pide que digan que fue un accidente. No se conocen los detalles del suicidio de su amigo sobre el que hizo el comentario («acto de egoísmo»). Pero se podría interpretar que ese hecho podría haber incrementado su ansiedad y sus pensamientos suicidas. Tal vez, fue también una forma de comunicar su intención.

Debido al inesperado suicidio de Torres se tejieron toda clase de conjeturas. La sucesión de los eventos fue corroborada por varias fuentes incluidas en la investigación. El arma utilizada es el M-16 que se le había asignado meses atrás. Cuando se habla de que quemaron sus pertenencias o borraron elementos de su ordenador personal, apenas se trató de eliminar algunas páginas pornográficas para evitar un mal momento a la familia. Y la acusación de que en Bagram se registra tráfico organizado de drogas, junto a la teoría de que Torres fue asesinado porque sabía demasiado, es totalmente infundada. Aparentemente el rumor comenzó a circular después de que dos soldados mujeres fueran enviadas de regreso a su base en Estados Unidos por consumo de drogas ilícitas.

Las preguntas del caso

a) ¿Estaba el soldado Torres mentalmente equilibrado al momento del suicidio? No. Una persona que decide suicidarse está mentalmente desequilibrada por la misma naturaleza del acto. Sin embargo, los eventos que llevan a este suicidio no siguen un patrón común.

Sus síntomas psicosomáticos no eran suficientemente severos como para tomar esta decisión extrema.

La presión social era en ese momento moderada. No debía soportar la presión del combate diario y tenía por delante un factor muy importante de optimismo como era su casamiento. Permaneció competente para apreciar las consecuencias de sus acciones y su salud mental nunca fue puesta en cuestión. 

Sin embargo, su razonamiento en las últimas horas de vida (escribiendo una carta de suicidio bajo la luz de una linterna; su falta de impulso para controlarse) se había quebrado y mantenía el patrón de «mentalmente débil» en el momento del suicidio.

b) ¿Cuál fue, entonces, el motivo de la decisión de suicidarse?

Un nivel extremo de ansiedad y de síntomas de dolores psicosomáticos llevaron a Torres a la desesperación.

La falta de sueño pudo contribuir a nublar aún más los pensamientos del soldado, pero ninguno de estos elementos indican la presencia de factores psicológicos que pudieran llevar al suicidio; en cambio, la presencia de la mefloquina sí nos revela que el soldado Torres pudo haber tomado la decisión de suicidarse a causa de su ingestión si se tienen en cuenta los antecedentes de otros suicidios relacionados con el consumo de esta droga.

Firmado:

Dr. Robert H. Quinsley

Maj(P), MC, EE.UU.

Psiquiatra

254º DEST MED (CSC)

El presidente Donald Trump junto a su crítico asesor médico y director del Instituto de Enfermedades Infecciosas, Anthony Fauci.

Juan Torres llevó el informe a un especialista del Massachusetts Institute of Technology (MIT) para comprobar si la droga contra la malaria era la que, efectivamente, había inducido al suicidio de su hijo. Un mes más tarde, tenía los resultados.

— Juan, ¿podrás venir a verme este fin de semana? Te espero en el laboratorio. Me encuentras seguro a cualquier hora del día o de la noche. No me puedo tomar ni un respiro estoy haciendo un trabajo que necesita de cambios de muestras cada tres o cuatro horas. Estoy durmiendo aquí estos días.

Juan, ahora pasajero frecuente, toma el vuelo de la mañana en el aeropuerto O’Hare de Chicago y antes del mediodía ya está instalado en el laboratorio del MIT, en Boston, esperando la respuesta de Stephen Peirano, uno de los máximos especialistas  en el tema.

— Todo indica, Juan, que a tu hijo lo mató el propio ejército.

— ¿Cómo?

— Con la droga contra la malaria, la mefloquina.

Peirano tiene una pila de papeles en frente suyo para apuntalar la historia y hasta le podría hacer a Juan una demostración en 3D de cómo la droga actúa directamente en el cerebro; pero sabe que con un tipo simple y directo como Juan es mejor mirarlo a los ojos y contarle lo que sabe.

— ¿Se la pusieron a propósito?

— No, se la dieron como a otros miles. El problema es que a John le administraron la mefloquina con antiácidos y relajantes musculares, una combinación letal. Producen una reacción química muy fuerte y todas las evidencias indican que la mefloquina produce alucinaciones y desequilibrios mentales que lo indujeron al suicidio.

— ¿Cómo pudo suceder?

— A causa de esa droga, John veía cosas que no eran. Sentía dolores en el pecho y el estómago que en realidad no tenía pero que eran psicosomáticos. Estaban instalados en su cerebro y en el momento, que toma la tercera dosis de la pastilla en tres semanas seguidas, en 10% o 20% de las personas que la consumen se produce un quiebre. La droga actúa directamente en una parte del cerebro y la persona no encuentra ninguna otra salida, la alucinación los lleva al suicidio. Esa es la razón por la que John se pegó un tiro.

— Hijos de puta, reverendos hijos de puta.

— Eso ya lo sabemos. Ahora, Juan, ¿qué hacemos para que el Pentágono no siga matando a sus soldados con esta droga?

La respuesta lógica es siempre la misma: la prensa.

Chicago Tribune, Washington Post y New York Times, publican los informes. La Casa Blanca y el Pentágono reciben el golpe. Hay llamados para presionar a los editores y al propio Juan Torres.

No importa, el tema ya es público.

Pocos días después, Juan se encuentra con el abogado Bob Stoneface. Se lo recomendaron varios líderes de organizaciones que luchan por los derechos de los soldados y aseguran que es el mejor. 

Su principal problema ahora es que no entiende cómo no se puede hacer 

Nada para iniciar una acción contra el Pentágono.

— Por la ley militar y el contrato que firmó su hijo es imposible iniciar algún tipo de acción contra el ejército.

Necesitaríamos señalar a un culpable e ir contra él o ella en un juicio civil, pero eso también es casi imposible de ganar, y si pedimos una investigación interna van a darnos vuelta como lo hicieron hasta ahora. Lo único que nos queda es intentar un juicio contra el laboratorio que fabricó la droga, Larrochelle.

— Pero este es el país de los juicios. Si me caigo en la puerta de una gran corporación porque no limpiaron bien la nieve o si me quemo con el café en un McDonald’s les puedo hacer un juicio que los deje patas para arriba, pero al Pentágono, no. ¡Son unos hijos de puta!

— Puede ser, pero esa es la ley.

— Entonces, me van a tener que aguantar.

Juan llamó a Ann Wright, y le pide que lo acompañe a manifestarse en la puerta del Pentágono. Ann es una ex coronel del ejército estadounidense, ex funcionaria de alto rango del Departamento de Estado y una de las tres personas que renunciaron a su puesto en el gobierno estadounidense por no estar de acuerdo con la invasión a Irak. Desde entonces participa

en todas las manifestaciones posibles contra la administración Bush y se ha hecho amiga de Juan.

Mientras hablan, Juan se imagina la cara del jefe de la guardia que lo verá una vez más por ahí y se le dibuja una sonrisa socarrona. Se encuentran en un Starbucks de la esquina de la estación del metro para preparar los carteles, a Ann se le ocurre una consigna. Los estadounidenses no tienen ninguna imaginación para sus protestas y mucho menos para los cánticos de canchas de fútbol, pero esta vez suena bien, es corto y parece efectivo.

«Hehey, hehoy, stop with the drugs that kills our boys! Hehey, hehoy…!» 

Los dos se ponen a caminar frente a la puerta principal ante la mirada entre indiferente y contrariada de cientos de militares que entran y salen.

— ¿Otra vez por acá, señor Torres? —le pregunta el jefe de la guardia, el mismo coronel de siempre y que ya lo conoce perfectamente—.

— Otra vez y mil veces, ahora ya sé por qué murió mi hijo. Me lo mataron ustedes con una droga contra la malaria, quiero que no se la den a ningún otro chico, no pueden seguir matando a sus soldados.

— Nosotros no matamos a nuestros soldados —dice el coronel con la cara roja como una nariz de payaso—.

— ¡Sí, ustedes los matan! Basta de darles Lariam, basta de esa droga, de la mefloquina que los hace suicidarse.

— Por favor, señor Torres no diga eso. Antes nos acusaba de ser narcotraficantes, ahora de matar a nuestros muchachos con una droga. No siga inventando.

— No invento. Lo dicen sus médicos, los de acá, los del

ejército. Ustedes lo admitieron, ahora se tienen que atener a las consecuencias.

La consecuencia es siempre la misma. Diez minutos más tarde Ann y Juan están ya en un patrullero de la policía rumbo a la estación de Pentagon City. Ann tiene un precinto color rojo que le sostiene las manos y que son los que ahora usa la policía en vez de las esposas de metal. Sonríe.

— Creo que con este rojo ya completo la colección, dice mirando hacia afuera del auto y viendo como el Sol cae sobre el helado Río Potomac.

Las buenas noticias ocupan poco espacio. El comunicado del ejército firmado por su máxima autoridad médica aparece esa fría mañana del 2 de febrero de 2009 en unas pocas columnas de algunos diarios estadounidenses. Muy pocos editores tienen idea del caso, es muy difícil dimensionar la importancia de lo que el teniente general Eric B. Schoomaker, surgeon general de la US Army, está diciendo en este comunicado lanzado desde su oficina del elegante barrio de Falls Church, en Virginia, no muy lejos del Pentágono. A Juan le llega por medio de las redes sociales. Lo lee con los ojos nublados por las lágrimas. «El ejército dio nuevas instrucciones a sus médicos para combatir la malaria que afecta a los soldados en Afganistán e Irak. A partir de ahora, la droga “de preferencia” para ese uso será la doxiciclina (un antibiótico de uso bastante generalizado) en vez de la mefloquina que se venía usando hasta ahora y que había provocado graves complicaciones a la tropa».


Una variante de esa droga contra la malaria que mata soldados fue “resucitada” once años después por el propio presidente Donald Trump. Cree que puede salvar a muchos del coronavirus como si fuera una poción mágica. En realidad, está pidiendo una salvación para él por no haber cuidado a sus conciudadanos que caen como moscas ante el virus.

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