El cazador de coronavirus uruguayo
Gonzalo Moratorio, el único latinoamericano entre los 10 científicos destacados de Nature. Cómo ayudó a que Uruguay tenga poco más de 200 muertos por Covid.
Luis Sartori
6 de enero de 2021

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Allá lejos y hace tiempo, a mediados de los años 60, cuando por el mundo también se desparramaba una pandemia -aunque musical y feliz- llamada beatlemanía, en la Argentina semi militarizada de entonces hubo un apellido que fue sinónimo de equitación, y que se hizo popular: Moratorio. Impensable para la vida de hoy, pero real.

¿El responsable? Carlos Alberto Moratorio, capitán del Ejército, plata olímpica en Tokio 1964 y campeón mundial en 1966 en Inglaterra con su caballo Chalán. Llegó a salir en la tapa de El Gráfico y grabó a fuego su marca en esa disciplina deportiva. Hasta le dieron un Olimpia de Oro y, algo más acá, en 1980, un Konex de Platino.

Largo medio siglo después, sobre la otra orilla del Río de la Plata, en el Uruguay del Covid 19, otro Moratorio se convirtió en popular pero no por deportista sino desde la ciencia. Quién lo hubiera imaginado.

Gonzalo Moratorio, de impetuosos 37 años, es virólogo del Institut Pasteur de Montevideo y profesor de la Universidad de la República. Y hoy por hoy, aunque no lo confundan con Luis Suárez ni con Edinson Cavani, créase o no, lo paran por la calle, lo invitan a una cerveza en los bares y se le acercan en el mar cuando se interna a surfear -su “terapia”- las olas montevideanas o del balneario Parque del Plata.

Todo esto le pasa a poco de retornado a su país, al cabo de años de especializaciones en Brasil, Estados Unidos y Francia.

Gonzalo Moratorio, el investigador de 37 años, a quien Nature describe como un “cazador de coronavirus”.

Tanta popularidad impensada es incluso previa a la cocarda que le acaba de colgar en su último número la revista number one de la ciencia mundial, Nature: Moratorio fue elegido en diciembre uno de los 10 científicos más influyentes de 2020. Y el único latinoamericano.

En la gran vidriera quedó al lado, por ejemplo, del director general de la Organización Mundial de la Salud, Thedros Adhanom, de la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, y de la jefa de Investigación y Desarrollo de Vacunas de la farmacéutica Pfizer, Kathrin Jansen. Aunque lo que más lo enorgullece es figurar en el top ten junto al titular del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de los Estados Unidos, Anthony Fauci, con quien llegó a mantener una charla en 2017.

¿Pero qué hizo este virólogo de 1.80 de altura, 92 kilos y sonrisa franca para convertirse casi de la noche a la mañana en una cara conocida y querida en Uruguay?

Creó un test de detección rápida y barata del Covid 19 que cabe en una mano y, al toque, diseñó un plan para que estuviera disponible en los cuatro rincones uruguayos. Resultado: se hicieron muchos tests y se aisló de inmediato a los “casos positivos”, es decir a las personas con el virus en el cuerpo. Consecuencia: se pudo evitar la espiral de contagios durante el largo tiempo que dura un embarazo. Porque gracias a esta estrategia de puro sentido común, y sin cuarentena férrea, Uruguay mantuvo la enfermedad bajo control durante nueve meses, con menos de 100 muertos y apenas 3.100 contagios (0,09% de la población de 3.500.000 habitantes) entre el 13 de marzo, cuando el gobierno declaró la emergencia sanitaria, y principios de diciembre. Por eso, Nature llama al científico uruguayo “El Cazador del Coronavirus” y señala que sus trabajos “ayudaron a su país a evadir una cascada de infecciones y muertes”.

Pero al buen plan uruguayo le apareció una trilogía tóxica: cierta sensación de triunfo definitivo sobre el virus, las noticias de vacunas inminentes y el espíritu relajado del último mes del año ablandaron los cuidados y saltó la térmica del sistema preventivo. Los números se empezaron a disparar a mediados de diciembre y el gobierno de Luis Lacalle Pou y el Parlamento decidieron cerrar las fronteras y restringir las reuniones antes de Navidad, hasta el 10 de enero en principio, y después hasta fin de mes. A principios de 2021 los contagios ya trepan un 500% respecto a diciembre y la cifra de muertes se duplicó. La situación alarma a Moratorio: “Mi miedo es que todos esos esfuerzos se vayan al traste con el verano”.

Moratorio y sus colegas lograron que Uruguay tuviera rápidamente sus propios tests de diagnóstico.

Nada podía presagiar el subibaja sanitario del año pandémico en Uruguay cuando el joven virólogo volvió para asentarse, a fines de 2018. “Me fui para volver. Me fui para intentar ponerle cara a los nombres de los artículos científicos que leía y admiraba. Y tuve la suerte de trabajar con quienes quería trabajar”, cuenta hoy.

De muy chico -el mayor de tres hermanos futboleros, todos hinchas de Nacional de Montevideo- se le daba por “los experimentos y por investigar”. Sus compañeros de colegio le decían Donatello, como el científico de las Tortugas Ninja, porque le apasionaba resolver problemas e inventar cosas inútiles. Tal vez el km 0 de su vocación haya sido a mediados de los 90 la clonación de la oveja Dolly. O cuando a los 13 años vio Epidemia, con Dustin Hoffman y Rene Russo: un científico llega a Zaire para encontrar cura a una enfermedad epidémica que Estados Unidos mantuvo 30 años en secreto: “Guau, yo quiero hacer eso”, se dijo entonces. Y hacia ahí comenzó a ir.

Una vez egresado del liceo secundario San Juan Bautista, con la típica incerteza adolescente, se anotó en dos facultades: la de Ciencias y la de Medicina. Pero optó muy pronto, atraído a la primera por el contacto estrecho maestro/discípulo y alejado de la segunda porque no se sintió con coraje suficiente como para “estar tan cerca de la línea de fuego”.

En el mundo chiquito de la Facultad de Ciencias pronto se convirtió en personaje: “!!!Ahí viene la nave, ahí viene la nave!!!, gritaba Héctor, el histórico cuidacoches del campus, cuando veía aparecer la trompa del viejo jeep Land Rover (chasis 1950) que Moratorio había armado pieza por pieza con un motor naftero recontrausado y que -siempre, una fija- llegaba con la parte de atrás a ras del suelo por el peso, atestado como iba de apiñados compañeros de estudio. Alguna vez hasta llegó sin frenos…

El científico define hoy a su facultad como “un cúmulo de pasiones”, y su pasión eran entonces y siguen siendo los virus. ¿Qué lo atrapó de ellos? “Su sencillez”, contesta y explica que son “apenas” material genético, proteínas, algunos lípidos y poco más. En apariencia sencillos y sin embargo capaces de poner en jaque a la humanidad entera. “Allí radica su complejidad”, agrega, y vuelve a explicar que algunos resultan complicados de entender y, en consecuencia, como estamos confirmando en estos meses de dolor, duros de controlar y eliminar. 

En la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad de la República (Udelar, la UBA uruguaya) hizo el máster en biología celular y molecular y el posgrado en el contiguo Pasteur montevideano, y se marchó para completar su formación primero a Brasil y luego a San Francisco (donde trabajó en el laboratorio del virólogo argentino Raúl Andino, en la Universidad de California), para terminar entre 2012 y 2018 junto al reconocido especialista Marco Vignuzzi en el Departamento de Virología del Institut Pasteur de París, un centro de investigación con dos Premios Nobel recientes (en 2008) y ocho en total desde su fundación en 1887. En el camino publicó 40 artículos de investigación y desarrolló una patente para diseñar virus ARN sintéticos como candidatos a vacunas.

El equipo de virología molecular del Instituto Pasteur de Montevideo.

Él reseña así su formación: “Empecé estudiando en el 2001; en 2008 defendí mi maestría en biología cerebro-molecular. En 2012 me doctoré yéndome a San Francisco; en 2013 me fui a París a hacer un posdoctorado; volví en 2018”. Reconoce que “el Estado invirtió muchísimo dinero en mí”, y por eso “hoy me siento contento de poder retribuir algo”.

Dice que tenía ganas de volver “para montar una escuela de virología diferente a lo que había acá, y poder transmitir un poco lo que aprendí”. En los palotes de ese proceso estaba, en febrero último, cuando el mundo comenzó a estremecerse con la pandemia. Justo ese mes había quedado a cargo de un laboratorio por primera vez en su vida, en el Pasteur uruguayo: el Laboratorio de Evolución Experimental de Virus. Y en esos días el director del instituto, Carlos Batthyány, lo convocó a un Zoom con directivos de América latina y de París.

“En esa reunión se empezó a hablar del Covid 19 y de las metodologías diagnósticas, y yo me dije ´acá hay que hacer algo´. Yo no hacía ni un mes que estaba en el Instituto”. Ahora admite que “todos, incluido yo, subestimamos al principio el impacto del virus”.

Batthyány le contó a Nature que Moratorio salió de aquel encuentro online “y se puso a trabajar, porque cuando él está convencido de que algo debe hacerse, derriba montañas”. Su jefe lo define así: “En ese sentido es un Don Quijote”.

Desde el principio Moratorio tuvo dos ideas claras: 1) que la forma de evitar los brotes en espiral era realizar pruebas amplias y aislar los casos positivos; 2) que no pasaría mucho tiempo antes de que aumentara la demanda mundial de kits de diagnóstico, y la consecuente escasez haría imposible que su país comprara pruebas y reactivos. En consecuencia, pensó, Uruguay debía ser autónomo y generar sus propias herramientas ante el virus. “La clave era ser independientes y poder testear, testear, testear”, resume.

“Cuando hablaba con mis colegas en España y Francia me decían que había un problema: no había tests suficientes. Yo veía que las fronteras se empezaban a cerrar, que se venía un lockdown planetario y que mercados como el nuestro no iban a ser competitivos. Al mismo tiempo teníamos un montón de gente con expertise y máquinas ociosas que podían ser puestas a funcionar”.

Tipo práctico, de ir a los bifes, este virólogo apela entonces a una metáfora futbolera, como que además es DT de un equipo universitario llamado Arquitectura Juniors: dice que “lo perfecto es enemigo de lo bueno, y entonces lo importante fue convencerse de que si abríamos la cancha y poníamos a toda la academia (universidad, institutos) y le enseñábamos a hacer esto, podíamos montar una red de laboratorios de diagnóstico público”. Entonces remata, de puntín al medio del arco: “Y eso fue lo que hicimos”.

Los tests de diagnóstico que Moratorio elaboró codo a codo con su colega Pilar Moreno se basan en la técnica estándar de biología molecular llamada QPCR, o “reacción en cadena de la polimerasa”, que permite cuantificar: amplifica el material genético de una muestra para detectar señales fluorescentes, y esas señales indican la cantidad de virus encontrado.

Moratorio-Moreno partieron de protocolos académicos, pero desarrollaron innovaciones clave. “Vimos que esos tests de QPCR necesitaban más de un lugar por paciente en la máquina; si ésta permitía poner 96 tubos, en general por paciente se necesitaban tres tubos. Entonces hicimos dos cosas: por un lado llevar toda esa reacción a un solo tubo con todos los controles internos (si el test funciona, y si se detecta o no el genoma del Sars Cov2), y por otro usamos buffers, es decir soluciones líquidas para acelerar el resultado”.

El virólogo Quijote-surfer-DT compara, ahora con metáfora tuerca: “La clave fue, en vez de comprar autos importados y muy, muy caros, usar las autopartes que teníamos para construir algo a nivel nacional y escalarlo, para nunca quedarnos sin tests. Conseguimos una receta fácil de reproducir, con la misma sensibilidad y especificidad de cualquiera de los tests que recomienda la OMS”.

Para escalar la producción se asociaron con la empresa local de biotecnología ATGen y llegaron a elaborar unos 150.000 tests, alrededor del 30% de los que se hicieron en todo el país. Con 3 millones y medio de habitantes ya hubo medio millón de estas pruebas. Uruguay está entre los países con más tests realizados por caso positivo detectado.

Fue una decisión estratégica, de política pública. “Teníamos dos opciones: traer absolutamente todo desde Corea del Sur, técnicos, insumos, cientos de miles de pruebas; o apostar a que nosotros en Uruguay lo podíamos construir sin depender de nadie más. El país escogió lo segundo”.

Así, “logramos tener miles de tests desde el día del primer contagio” y ese backup permitió “hacer diagnósticos masivos, trazar los contagios, aislar los positivos y contener las muertes”. De yapa, remarca, evitaron “una cuarentena obligatoria que restringiera los derechos individuales”.

Para que no queden dudas, Moratorio sintetiza: “No necesitamos de ningún gran laboratorio ni de ninguna farmacéutica para realizar los tests. Eso es una ventaja porque, por ejemplo, los tests de Roche sólo funcionan con los equipos de Roche y los equipos de Roche sólo analizan tests de Roche”. Y destaca tres virtudes: “Nuestros tests -’vende’, con la técnica del viajante callejero- son para todo tipo de equipos, son abiertos y son gratuitos, porque los financiamos con recursos públicos y de cooperación internacional, en parte con fondos del Mercosur”. Cada test tiene un precio internacional de unos 100 dólares.

Al principio, las pruebas de Moratorio eran la mayoría de las disponibles. Hoy hay oferta de otros laboratorios.

La otra mitad del trabajo consistió en impulsar el desarrollo de una red de laboratorios públicos en el interior del país. “Para nosotros, lo más importante fue poder capacitar a un montón de estudiantes de maestría y doctorado para que se dispersaran por el país y nos ayudaran a montar laboratorios de diagnóstico en todos los hospitales públicos”.

Pedían a cada sitio un inventario del equipamiento disponible y, en base a eso, les armaban pequeños centros de detección para contener la expansión del virus. Para completar la preparación, viajó a muchos sitios para formar y capacitar.

“La disponibilidad inmediata de estos tests y la capacidad de implementarlos en todo el territorio -rememora- ayudaron a contener la pandemia. Las fronteras, sobre todo la de Brasil, eran una bomba de tiempo. Por eso pusimos laboratorios también en esas zonas específicas y así evitamos que entraran muchos contagios”.

En un mundo de desconfiados, y muchas veces con toda razón, Moratorio destaca esta rareza: “Nosotros -cuenta- en ningún momento tomamos un centavo. Todo esto fue cedido al sector de salud pública y mi salario ha permanecido incambiado, de manera que esto pueda agilizarse”.

Moratorio cuenta con dos salarios: uno en el Instituto (que no trascendió) y otro de 85.000 pesos uruguayos, unos 2.000 dólares, como profesor grado 3 de dedicación completa en la Udelar.

Agrega: “Nunca tuve una visión desde el punto de vista mercantil, sino de democratizar. Lo único que no se puede comprar en la vida es el tiempo. Pero nosotros lo pudimos comprar”.

Moratorio tiene miles de seguidores en Twitter, red social en la que despidió el nefasto año pasado de un modo bien descontracturado: “2020 te podés ir a la PMQTRP!!! Feliz Año!!!”, tuiteó este 1 de enero.

También por Twitter lo había felicitado por su “premio Nature” el mismísimo presidente uruguayo. El virólogo le agradeció por la misma vía, así: “Muchas gracias por tus palabras, Luis. Ojalá tu gobierno pueda apoyar el desarrollo de la ciencia y la tecnología”. Muchos dijeron que fue un tiro por elevación ante el escaso porcentaje del presupuesto destinado a la investigación. “Si se entendió eso -dice Gonzalo- está bien”.

Cuando habla de su logro, Moratorio se revela como un apasionado impulsor de la ciencia regional. “Esto demuestra que en nuestros países podemos generar conocimiento y valor agregado. Pero es necesario invertir más dinero del PBI en ciencia. Eso se va a ver reflejado en un crecimiento general de la sociedad. La ciencia es el vehículo para que América latina mejore su calidad de vida”.

Pone como ejemplos a los países escandinavos y a Corea del Sur: “Tenían otro perfil de producción -reseña- y luego de invertir en Ciencia y Tecnología, en 15 años aumentaron del 5 al 10% el PBI global de sus países”.

Aclara que “no se trata de dar recursos a la bartola sino de imponer mecanismos de gestión y de evaluación que indiquen que esos recursos mejoran -en tiempos estimados- la calidad y no solo la cantidad de las publicaciones, y que éstas impactan en forma directa a través de patentes, a través de startups tecnológicas, y a través del conocimiento que es volcado a distintos sectores productivos”.

De todos modos previene que es necesario apelar a una de las cualidades humanas que reforzó la pandemia: paciencia. “Hay que tener en cuenta que la ciencia tiene sus tiempos, y hay que esperarla”.

Sobre la pandemia del Covid 19 opina que “dejó en claro que el aporte científico, si fuera pensado desde cada rincón de lo que hace un país, sería superlativo”. Por eso propone “aportar y poner a los científicos a trabajar en toda la red de infraestructura del país para mejorar cada uno de nuestros procesos”. Y patenta una frase-eslogan: “Pensemos con ciencia en todo lo que hacemos, y vamos a ganar”.

En medio de los rebrotes, y de segundas y terceras olas del virus, Moratorio es optimista sobre las vacunas. “Creo que hay candidatas muy buenas y creo que hay que entender estos tiempos récord de manufacturación y de ensayos clínicos, dada la urgencia del momento”.

Pero también lanza una advertencia ante la evidente desigualdad entre el Primer Mundo y todo el ancho resto de la Tierra: “También soy tremendamente crítico: creo que no debería haber países que tengan mayor tiempo de espera para la vacuna”.

Y como en su respuesta a Lacalle Pou, Moratorio apela entonces a su muletilla de esperanza: “Ojalá -dice- los organismos a nivel mundial puedan distribuir de forma equitativa las vacunas en todo el planeta”. Ojalá, botija.

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