Cómo el Juan y la Dolores provocaron la Segunda Guerra Gaucha
El se ve como Francisco de Asis, ella como la Madre Teresa. Formaron un escuadrón de chicos de escuela bajo la mirada del caudillo Artigas y se fueron al campo de Entre Ríos de la familia de Dolores a lanzar una improbable revolución ambientalista.
Daniel Capalbo
30 de octubre de 2020

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Cuando la usurpación del campo entrerriano de La Paz llevaba unos días y disparaba un alboroto fenomenal entre cientos de chacareros convocados para defender el valor de la propiedad privada, el abogado Juan Grabois prometía frente a las cámaras rastrear hasta el último centavo oculto del patrimonio de la familia Etchevehere con tal de llevar justicia y reparación a su más célebre cliente, Dolores, la hija díscola y excluida del clan patriarcal.

Dolores es tan legítima heredera, sostuvo ella, como el resto de los miembros de su familia, acreedores todos de una parte del legado de su padre, Luis Félix Echevehere, fallecido hace ya 11 años.

Desde el año 2018 la familia del ex ministro macrista Luis Miguel Etchevehere, hermano mayor de Dolores, le niega a la única heredera mujer del finado don Luis Félix todo tipo de derechos sucesorios. Al menos eso enarbola como bandera en su cruzada esta oveja negra, ex periodista, amante de los clásicos literarios rusos, lectora de filosofía y ex voluntaria de la ONU en misiones humanitarias en el África. 

El campo, en el noreste entrerriano, fue ocupado el jueves 15 de octubre por unas cuarenta personas adherentes del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) que lidera Juan Grabois. Él y Dolores anunciaron ahí mismo el “Proyecto Artigas”, que desarrollaría en ese campo huertas y producciones agroecológicas varias. Mientras la heredera facilitaba el ingreso de una decena de camionetas y autos, hombres con herramientas de trabajo tomaban posición y posesión atravesando a paso firme la nube de productores rurales que repudiaban la toma amontonados, perplejos, escépticos y, la verdad, madrugados por una jugada que ahora los obligaba a esperar impotentes frente a una tranquera deslucida y sin ángel, una tranquera que no podían atravesar detrás de la cual se ponían en juego 5000 hectáreas, un tambo de tecnología avanzada y el caserón de la estancia Casa Nueva que hasta ese momento disfrutaban todos los Etchevehere con excepción de Dolores. 

Como se puede comprender, los planetas se alinearon para cocinar otro conflicto en la olla popular de la nueva guerra gaucha. De un lado terratenientes y chacareros. Del otro, los mismos kirchneristas que en 2008 padecieron la más grande rebelión fiscal del campo en toda la historia.

Adentro de Casa Nueva, una funcionaria de segunda línea del Ministerio de Justicia se preparaba a dormir en la “propiedad” con la aquiescencia de Dolores, cara visible de ahora en más –junto a Grabois-  del Proyecto Artigas, un colectivo que reúne a militantes de la economía informal, profesionales, agricultores, abogados y técnicos al que Dolores muy resuelta cedió el 40 por ciento de la tierra que supuestamente le pertenece a ella en esa Casa Nueva, el campo tomado. Solo que, según actuaciones notariales y testimonios varios, Dolores ya había cedido su parte sucesoria a favor de la empresa Mirus S.A. 

Convencida de que la ley la asiste, la familia Etchevehere se consideró intrusada y, lo que es peor, vio en la inacción de la Justicia y las autoridades provinciales la prueba que necesitaban para denunciar que una mano silenciosa del ultra kirchnerismo actuaba desde las sombras; encima, un kirchnerismo que demostró ser impermeable a los reclamos por las tomas ilegales de tierras que se multiplicaron a lo ancho y largo de 12 provincias en los últimos meses. Las de Guernica y el Lago Mascardi, por caso.

“Nosotros somos el Proyecto Artigas. Somos la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular. Somos movimientos sociales. Y además de eso yo soy abogado. En este caso soy abogado de la víctima de una estructura mafiosa, patriarcal, de la rancia oligarquía, de la tradicional oligarquía argentina: los Etchevehere”. 

Así se presentó Grabois en una extensa y reveladora entrevista en A24. A esta altura, la pregunta obligada comenzaba a ser cómo, dónde y cuándo estas vidas paralelas, las de Juan y Dolores, se habían tocado sin respetar el imperativo matemático de chocar en el infinito. El punto del infinito estaba más cerca y terminó siendo el bufete de Grabois, un encuentro que tuvo lugar por lo menos dieciocho meses atrás. “Dolores vino a verme y me contó que cuando el papá estaba entubado le sacan una firma. A ella la dejan afuera de todo. La dejan prácticamente en situación de calle. Un día llegó a esta oficina a pedir ayuda por ella, pero con una perspectiva más amplia”, contó el referente de la CTEP, líder natural de varias organizaciones sociales surgidas en defensa de la economía de tobogán que llevó a la Argentina al borde del desastre, multiplicando el ejército de pobres día a día. 

Juan Grabois, más allá de cierto mesianismo absorbido acaso de tanto visitar Roma, es un dirigente representativo y de peso en la política nacional. Con detractores y apologistas.

-Hay muchos puntos valiosos en Grabois. No a cualquiera el Papa nombra asesor (del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz)-, apunta un cura villero en el Barrio 21 de Barracas. Dolores es la nueva gran conquista de Juancito, pero no sabría decirte más porque hace tiempo que no pasa por la villa. Juan es un tipo sensible, piadoso, con pecados seguramente como cualquiera de nosotros. Pero es un gran seductor, capaz de venderte el proyecto más ambicioso.

-¿Sabe qué tipo de relación une a Dolores con Grabois, desde cuándo se conocen, si militan juntos?

Enigmático, el padre guiñó un ojo, apagó su cigarrillo contra el piso de tierra frente la parroquia de la calle Cruz y se perdió detrás de su nube de humo. Antes soltó:

-Ojalá no vayan de la mano del pecado…

Juan Grabois tiene 37 años y fama de imán nuevo. Es marxista, católico y peronista. Lidera un movimiento que suma 380 cooperativas de trabajo en todo el país y al menos 3000 personas se reconocen militantes del Movimiento de Trabajadores Excluidos.

Grabois es un dirigente de base que comenzó su amistad con el Papa Francisco desde que el hoy Santo Padre era solo Jorge Bergoglio, arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires. Eso fue en 2005. Después de la debacle del 2001, Grabois colaboró organizando cooperativas de cartoneros y de ahí en más fue creciendo como dirigente hasta emerger en el firmamento del activismo social. Nada mal para un chico de clase media alta de San Isidro que llegó a poner funcionarios de tercera línea en el gobierno de los Fernández. Alberto y Cristina. 

Pero este predicador de la reforma agraria y ropa canchera (dice que la compra en La Saladita, incluyendo las Nike que calza siempre) es un outsider. Nadie pudo encuadrar políticamente a Grabois, a pesar de reconocerse cercano y con puntos de contacto con Cristina Kirchner, a quien reivindica. Aun así, mantiene visible independencia y distancia prudencial de los pibes de La Cámpora que orienta el hijo de la vicepresidenta: en esas canteras de la militancia kirchnerista a Grabois lo respetan pero también le temen porque su misticismo y amistad con el Papa lo hacen impredecible.

Su última creación institucional es el Proyecto Artigas, en cuyo documento liminar puede leerse: 

“Somos una red integrada por movimientos sociales, profesionales del derecho, la comunicación y el cuidado del ambiente que, movilizados por la búsqueda de la verdad, la justicia y el bien común, actuamos conjuntamente en aquellas causas donde se vulneran los derechos de la Tierra; causas que han sido ignoradas, cajoneadas y/o boicoteadas por las propias instituciones de la República, corrompidas por los privilegios de quienes usan el poder en su provecho, en un sistema estructuralmente perverso. El impulso fundante de Proyecto Artigas es el Caso Etchevehere”. 

La piedra angular en la defensa de Grabois sobre los derechos de su cliente es el hecho de que “la sucesión está indivisa, no tiene inventario y no tiene partición”. Una situación que resulta muy cómoda para los Echevehere, subrayó, que jamás resolvieron el trámite.

“Vamos a buscar hasta abajo de la última piedra dónde está ese patrimonio. Primero, para que la sociedad sepa la que se robó esta gente. Segundo, para la que no se robó y le corresponde se reparta entre los herederos. Y que con una parte de eso haya un poquito de justicia social”, enfatizó repitiendo la promesa. 

La sorpresiva alianza de Dolores y Grabois se manifestó en la toma del campo que, al menos en los papeles, pertenece, como ya se dijo, a la directora de Las Margaritas S.A., Leonor Barbero viuda de Etchevehere, y a sus hijos, Luis Miguel, Juan Diego y Sebastián. Nada hablan de Dolores. 

Según los Etchevehere, Dolores renunció a sus derechos sucesorios en el momento en que Luis Miguel, el ex ministro, se hizo cargo de la administración del combo de negocios familiares, que incluye entre otras gemas El Diario de Paraná fundado por su padre. 

Pero Dolores lo niega, dice que falsificaron firmas en los documentos, mientras que en estos días el escribano José Luis Zuffiaurre, que certificó la suya en 2018, aseguró lo contrario, y que los abogados de la familia juran que Dolores cedió sus derechos a la sucesión supuestamente a cambio de una jugosa indemnización en dólares. 

Pero al parecer de eso no hay pruebas, salvo, alegan, la sesión de las acciones de Dolores a la sociedad Mirus.

Entre la muerte del padre y jefe de una familia que en Entre Ríos arranca teniendo un gobernador, miembros de la Corte, presidentes de ADEPA, ministros, y siguen las cocardas, y la supuesta firma de un acuerdo intra clan, Dolores no se privó de denunciar a sus hermanos: “Tras once años de investigación, denuncias e impunidad, es necesario contar mi historia. Una historia que está atravesada por los crímenes de mis hermanos contra mí”, arrancó en un video que se puede ver en YouTube.

Efectivamente, Dolores Etchevehere se dedicó a denunciar a sus tres hermanos desde el fallecimiento de su padre. Y hasta frente a la Oficina Anticorrupción, que dirigía la macrista Laura Alonso, denunció a su hermano mayor al ser nombrado ministro. Lo hizo, dijo, porque Luis Miguel ocultó información patrimonial en su declaración jurada. 

Dolores, ahora, acaba de sumar nuevas denuncias vinculadas a la supuesta discriminación, violencia de género y económica ejercida contra ella desde su adolescencia. Todo lo cual “justificó” la participación de Victoria Donda en la trifulca, dada su condición de directora del Instituto Nacional con la Discriminación (INADI).

Los cargos levantados tras la muerte de su padre fueron tomados por la justicia entrerriana al denunciar administración fraudulenta, evasión fiscal, lavado y explotación ejercidos por el hermano mayor. Las acusaciones fueron de tal magnitud que Luis Miguel -ex integrante de la Mesa de Enlace y ex presidente de la Sociedad Rural Argentina, hay que recordarlo- no pudo asumir en 2015 como ministro de Macri, como hubiese querido el Presidente electo, ya que debió esperar a que el jefe de estado se sintiera consolidado políticamente para nombrarlo y eventualmente aguantar las críticas, cosa que ocurrió después de las legislativas de 2017. 

Aun así, la madre de Dolores dijo en medio del conflicto desatado por su hija, por Grabois y por la compartida opción por los pobres entre ambos: “La justicia tiene toda la documentación que se necesita para comprobar que mi hija Dolores no tiene ningún derecho sobre este campo familiar”.

Como quedó dicho, Dolores donó el 40 por ciento de las tierras de Casa Nueva al Proyecto Artigas sin que en realidad tuviera un final el juicio por la herencia en juego. Un acto administrativo flojo de papeles por todos lados: “Mal puede donar a alguien algo que no es suyo”, protestó Luis Miguel. La verdad, como señaló el defenestrado juez Raúl Flores que al principio intervino en la causa, nadie puede cantar victoria porque tal como están los papeles de la sucesión (“que no se realizó”) todos son herederos. La madre al 50 por ciento, y los hijos con una participación del 12,5 por ciento cada uno. El juez Flores aprovechó la oportunidad para invitar a la familia a arreglar las cosas fraternalmente y evitar mayores padecimientos. Como los que enumera la señora Leonor frente a Clarín: “Es triste para nosotros que estas personas decidieran instalarse en nuestra casa familiar. La propiedad es nuestro espacio desde hace más de cincuenta años, donde hemos transcurrido parte de nuestra existencia, mis hijos y yo. Casa Nueva es parte de nuestra vida. Es significativo además, porque mi marido, Luis, tenía un amor especial por este campo. El falleció hace unos pocos años y aquí conservamos algunos de sus efectos personales que tienen un enorme valor sentimental para la familia”.

“Queremos saber por qué estas personas que se presentan como “visitantes”, deciden tomar efectos personales de la familia, dañar los espacios como el jardín, con picos y palas y utilizan todo tipo de bienes que no les pertenecen. Eso es grave y muy doloroso. Por ejemplo, tomaron los sombreros, que mi marido coleccionaba, y los usaron. Asimismo todo lo que hay dentro de la casa principal de la estancia, baños, cocina, salas y habitaciones. Porque, además, duermen todos allí. Esta actitud de quienes se manifiestan por los medios como personas pacíficas y organizadas, es parte de lo que no entiendo. Por qué mi hija permite que tomen y utilicen nuestras pertenencias, las de su familia”. 

Vidas paralelas

Pietro di Bernardone era un joven mundano, amigo de los lujos y de los cuentos de caballería, las espadas, las justas por el honor y las doncellas. Era joven, no llegaba a los 20 años cuando, en un calabozo, escuchó la voz que le encargó una misión: “Ve, repara mi iglesia, está hecha una ruina”.

Eran fines del siglo XII. Pedro fue, reconstruyó la iglesia del pueblo que estaba casi destruida y lo hizo con dinero obtenido de la venta de telas que comerciaba su padre. Cuando comenzaba el siglo XIII ya se había convertido en el pobrecito de Asís. Vale decir en Francisco, el fundador de la orden de los franciscanos; el máximo ejemplo de entrega a los pobres, de despojo personal, iba camino a convertirse en San Francisco de Asís. 

Todo relato épico, en la literatura, en la crónica, en la génesis de los personajes religiosos, en esas narraciones que construyen la idea del héroe a partir de un sueño inicial convertido en realidad no sin antes atravesar desiertos o martirios justifican en el llamado de Dios un verdadero despertar. En fin: en todo comienzo de leyenda hay una epifanía y, desde luego, a nadie se le niega una.

Dolores Etchvehere nació en Entre Ríos en 1970, estudió en la Escuela Normal 1 de Paraná creada por Sarmiento. Pasó su niñez haciendo deportes acuáticos en el río o jugando en la redacción del diario que dirigía su papá, El Diario de Paraná.

A principios de los 90, comenzó a trabajar en la redacción del diario La Nación. Lo hizo durante casi una década en la sección rural. Dolores se convirtió en una buena periodista, prolija, rigurosa.

Cierta vez le tocó cubrir un caso de cuatrerismo en Formosa. Un caso que derivó en otro asunto: se trataba de la venta en negro de animales a Paraguay, ganado que luego era denunciado como robado por sus propios dueños. Ella descubrió los barcos jaula que atravesaban el Pilcomayo. Y el curro. Quienes lo hacían eran empresarios tanto como los del Grupo Etchvehere que, además, tenía negocios en la misma Formosa.

Para esa época, Dolores visitó el establecimiento de la familia. Y regresó de la provincia con un recuerdo imborrable. Recordó la humillación a la que eran sometidos los hermanos Sergio y Antonio Cornejo, un asunto que la marcó para toda su vida. Ellos, los Cornejo, llevaban años trabajando para los Etchevehere. Dolores lo contó así en una entrevista para Página 12 en 2018:

“Tenían temor, o un excesivo respeto. O vergüenza. Cuando mi familia estaba dentro de la casa, los Cornejo se acercaban, generalmente cerca de las ocho de la mañana, y el ama de llaves venía a avisar que estaban afuera. Allí los dejaban esperando por horas. Era como una condena. Para los Etchevehere era normal tener a un ser humano parado durante horas, pero no venían a negociar el precio de la soja o el lino, sino que sólo pretendían llevarse un poco de agua de la bomba o pedir algunas galletas duras”. Más allá de su actividad litigante, sistemática, contra sus hermanos, Dolores no tuvo antecedentes “revolucionarios” ni militancia a no ser que se considere como tal la toma ilegal de la estancia donde Ricardo Güiraldes escribió Don Segundo Sombra. 

Segundo Güiraldes, esposo de Dolores y supuesto heredero, hizo reclamo de sus derechos sucesorios en octubre de 2005 usurpando la estancia La Porteña, en San Antonio de Areco. Dolores acompañó a su marido en el reclamo, que se consumó gracias a los buenos oficios de un grupo de matones armados comandados por un ex comisario. El asunto era garantizar la seguridad y el acceso. En esa estancia se escribió el libro “Don Segundo Sombra”, un clásico de la literatura gauchesca, contracara de un gaucho mal entretenido, perseguido pero sabio, llamado Martín Fierro.

Una sobrina de Ricardo Güiraldes, de nombre Rosaura, batalló contra su primo Segundo y ganó la primera partida legal, a pesar de los cual Dolores y su marido mantuvieron la usurpación durante tres meses. 

El “llamado” de Juan Grabois está más ligado, en cambio, a los modos y costumbres del peronismo, a sus corruptelas, que al dictado de una voz divina.

En una profunda y reveladora entrevista hecha por Jorge Fontevecchia, en abril de 2019, para el diario Perfil, el dirigente social contó un episodio que lo marcó para siempre según el mismo dijo:

—Un día llega un tipo con un camión lleno de pelotas de fútbol y de básquet. Y me da una de fútbol y otra de básquet. Me las regala. Eran pelotas que iban a repartirles a los chicos pobres de los barrios. 

—Tu papá era interventor, equivalente al gobernador, dándote las pelotas a vos quedaba bien con la persona que estaba al mando de la provincia. 

—Exactamente. Y yo no dije “no me des las pelotas”. Las agarré. —¿Tenías cuántos años? —Nueve, o diez, y la culpa con la que me quedé. Porque ese fue un acto de corrupción. Mi primer y mi último acto de corrupción. Esa pelota que yo tenía, un pibe pobre de Corrientes no la iba a tener. Me persigue hasta el día de hoy. Y más allá de si está bien andar repartiendo pelotas en un barrio. 

—Las carencias podían ser otras. 

—Claro. Pero yo me quedé con una pelota que no me tenía que quedar. Con dos, ni siquiera con una, porque yo estaba en una posición de privilegio frente a esos otros pibes. Tengo una deuda con esos pibes, no solamente por la pelota, sino porque nací con privilegios que ellos no tienen. También me marcó mucho que durante el menemismo, todos los políticos, los buenos, los malos y los más o menos, empezaron a adoptar como estilo de vida el de la alta burguesía. O a tratar de emularla. Los que se ganaron la guita laburando y los que se ganaron la guita choreando, todos, un buen auto, country. Yo viví un tiempito en un country, iba los fines de semana. De la generación de los ’70 te estoy hablando, los que querían hacer la revolución. Bueno, se terminaron asimilando a lo que combatían.

Efectivamente, Juan Grabois había nacido en cuna de oro. Su padre, Roberto “Pajarito” Grabois, fue un dirigente importante del justicialismo. En sus comienzos en Córdoba orientó políticamente al Frente Estudiantil Nacional (FEN), una agrupación universitaria de izquierda que terminó trasvasada al peronismo revolucionario de principios de los 70. Con los años, Roberto Grabois formó pareja con Matilde Menéndez, directora del PAMI en tiempos de Carlos Menem, acusada en varios casos de corrupción, aunque con los años sobreseída.

Roberto Grabois fue interventor de Corrientes por aquellos años cuando ya se había separado de la madre de Juan, Olga Gismonti, una pediatra que se jubiló joven y es heredera de 1200 hectáreas de campo en Elortondo, provincia de Santa Fe.  “Su madre tiene 1200 hectáreas –bramó la viuda de Etchevehere y madre de Dolores en referencia a la madre de Grabois-. Si tanto quiere a los pobres que las done”. 

El 29 de octubre, después de dos semanas de usurpación, la justicia de Entre Ríos ordenó desalojar Casa Nueva antes de las 19 de ese día. Gabrois acató el fallo pero consideró que su movida junto a Dolores, “acreedora a una fortuna incalculable, pero hoy casi en la indigencia” había sufrido una “derrota”. 

En un video que subió a las redes, advirtió al presidente Alberto Fernández, al gobernador entrerriano Gustavo Bordet y a su par bonaerense Axel Kicillof que debían ponerse firmes para enfrentar a los “poderes fácticos” el mismo día que Kiciloff decidió el desalojo compulsivo de los campos tomados en Guernica desde julio pasado y que la Iglesia condenaba las tomas de tierras que se replican en todo el país porque “son ocasión de violencia y agitación social, muchas veces incentivadas”.

Dentro del campo de los Etchevehere, liberado por un batallón de policías, esperaba Dolores y resistía: “De acá me sacan muerta”, amenazó sin cumplir su promesa cuando bajaba el telón de su mini revolución y la policía se la llevaba presa sin esposar pero en total soledad.

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