Muerte, resurección y espectáculo en el fútbol
Hace unos años, los partidos se retransmitían con un par de cámaras. Hoy hay docenas que muestran cada gesto, cada intención. La sociedad vigilada llegó a los estadios y el caso del jugador danés Christian Eriksen lo desnuda.
Alberto del Campo Tejedor -Universidad Olavide
15 de junio de 2021

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Hemos pasado de la “sociedad teledirigida” a la “sociedad videovigilada” en la cual, so pretexto de que no hay espectáculo ni consumo (y rentabilidad) sin imagen, y de que esta encierra la verdad, el personaje público debe estar sujeto a constante escrutinio visual.

Eurocopa. 12 de junio de 2021. Minuto 42 del partido entre Finlandia y Dinamarca. El jugador danés Christian Eriksen se desploma súbitamente. Los médicos llegan de inmediato y le realizan un masaje cardíaco. Consternados, algunos jugadores lloran, otros rezan. No sería la primera muerte súbita en un terreno de juego. La compunción no es menor en las gradas.

Mientras los médicos intentan reanimar al jugador, cuyo corazón ha dejado de latir, hasta ocho futbolistas de su equipo forman una barrera, rodeándole, con el objeto de que las cámaras no capten su agonía. También algunos miembros del equipo médico sostienen una sábana para que el ojo indiscreto de las cámaras no llegue a retransmitir el trágico episodio.

A los pocos minutos, el jugador del Inter es llevado en camilla hacia los vestuarios. Los sanitarios le acompañan alzando una sábana a cada lado de la camilla, mientras que otros jugadores se posicionan delante, como escoltándole, para seguir respetando la privacidad de su compañero.

La sociedad videovigilada

Las cámaras compiten con los jugadores dentro del mismo campo de juego.

Hace unos años, los partidos se retransmitían con apenas un par de cámaras. Hoy hay docenas. Sin duda, las múltiples cámaras ofrecen más perspectivas sobre cualquier jugada y así el espectador en casa puede recrearse con un lance visto desde varios ángulos, para elucubrar si fue o no penalti, si la mano fue o no intencionada.

Pero hay algo de Gran Hermano en todo el montaje mediático. Porque el espectador se ha acostumbrado a presenciar lo que está más allá del juego: por ejemplo, qué cara pone el delantero cuando le sustituyen, las protestas del entrenador ante una decisión arbitral, las broncas entre dos compañeros que no se entienden.

El jugador, consciente cada vez más de su sobreexposición, administra sus gestos, se contiene o, por el contrario, corre hacia la cámara para festejar con rabia su gol. Con tanta cámara, aumenta la dramaturgia, para ocultar o para expresar. Ni siquiera en el túnel de vestuarios están los futbolistas exentos de ser escudriñados.

Los medios, que pagan por la retransmisión, quieren obviamente mostrar cada vez más, pero ¿hasta dónde?. El inesperado lance llegó a todos los hogares. Cuando Eriksen fue retirado del campo, se repitieron en bucle una y otra vez los momentos más dramáticos.

El episodio fue convertido rápidamente en melodrama. En medio de la preocupación, aparecía una foto que mostraba aparentemente que el jugador estaba consciente, lo que alentaba la esperanza. En televisión se contactaba con el médico del Elche y se le interrogaba sobre la gravedad del asunto. El programa daba paso a otro periodista que seguía sobre la marcha cómo hervían las redes sociales: el nombre de Eriksen se convertía rápidamente en trending topic.

Que hasta el mismísimo Cristiano Ronaldo estuviera rezando por su pronta recuperación, deseando que pronto se vieran en la cancha, aumentaba desde luego la noticiabilidad e incluso muchos medios confirieron al gesto del luso el carácter de titular. El hecho de introducir en las noticias las reacciones de los más célebres futbolistas ampliaba el impacto del evento a la par que permitía la adaptación al consumo local. En Inglaterra se difundía el mensaje de Harry Kane, capitán de su Selección y compañero de equipo en el Tottenham durante tantos años. Y así, en cada país se seleccionaba el jugador con más gancho mediático.

El poder de las imágenes

Cada detalle, cada gesto, cada movimiento es captado por la televisión. No hay límites para lo que se muestra.

Como saben los periodistas, “no hay noticia si no hay imagen”. Aunque el episodio tuvo, sin duda, más repercusión en Europa, en cuestión de minutos se hallaba irradiado al mundo entero. Evidentemente si la parada cardíaca hubiera ocurrido a un jugador de Tailandia en el campeonato doméstico, ello no hubiera merecido siquiera un apunte breve en la televisión ni en los periódicos deportivos. De hecho, este tipo de infortunios ocurren con cierta frecuencia, como ha demostrado un reciente estudio. Pero que acontezca en la Eurocopa es otra cuestión.

La velocidad con que ciertas noticias circulan en las redes supone un relevante indicio sobre qué cuestiones son más aptas para la inmediata difusión, así como qué países, qué actividades, qué situaciones siguen siendo los centros neurálgicos de la atención mediática. Porque, desde un punto de vista antropológico, no se puede obviar que el episodio ocurre a un individuo que es hombre, que es futbolista, que es europeo y que juega en un espectáculo televisado que aspira -como el Mundial- a ser consumido (es decir, pagado) por millones de personas.

El contexto no es baladí porque solo en ciertas situaciones hay un sinfín de cámaras dispuestas a trasladarnos en directo a la angustiada mujer de la víctima llorando desconsoladamente, mientras le abraza Kjaer, el capitán de la Selección. Y solo en ciertos lugares hay tantos fotógrafos para que alguno logre eludir la pantalla humana improvisada por los jugadores e introducir su teleobjetivo entre las piernas de los futbolistas, para captar la cara del inconsciente danés en el suelo. Estas, de hecho, eran las imágenes que más circulaban por las redes, mientras Eriksen era transportado por los sanitarios.

Cuando los medios oficiales de la FIFA comunicaron que el jugador se encontraba estable, la gente respiró. Pero en los minutos y horas siguientes al incidente se produjo un interesante fenómeno: muchas personas mostraron en las redes su indignación porque las cámaras siguieran ofreciendo el episodio una y otra vez, sin respetar la voluntad de los jugadores que hicieron todo lo posible para preservar la privacidad de su compañero.

Trascendió también que, en el campo, durante los agónicos 15 minutos que duró la reanimación, muchos aficionados recriminaron a quienes grababan con sus móviles. La espontánea iniciativa de los jugadores daneses es síntoma suficiente del hartazgo que experimentan ante su sobreexposición mediática. Pero no menos significativa es la reacción de parte de los televidentes y espectadores contrarios a hacer espectáculo de un momento trágico.

El episodio muestra los difusos límites entre el derecho a la privacidad del futbolista y el derecho a la información del espectador.

Los límites del espectáculo

Si cobran millones por jugar al fútbol, entonces tienen que dar espectáculo, es la exigencia de muchos espectadores.

Los partidos televisados con múltiples cámaras y retransmitidos a todo el mundo, la posibilidad de grabar con un móvil y subir el contenido a las redes, el VAR, YouTube… todo ello aumenta la mediatización tecnológica de los jugadores, y estos desarrollan sus tácticas para preservar no solo su intimidad sino su capacidad de moldear su imagen, que saben resulta imprescindible en un deporte de masas en que millones de personas consumen a diario el aspecto más nimio de la vida de los futbolistas. El espectador está acostumbrado a que las cámaras lleguen cada vez más lejos, y justifica, tal vez mayoritariamente, que el jugador cobra millones por ofrecer un espectáculo que debe ser expuesto sin límites.

¿Pero dónde empieza y acaba el espectáculo? Vimos en directo que un hombre se debatía entre la vida y la muerte, pero también que los protagonistas de este juego –los propios jugadores y una parte de los aficionados– mostraron sus dudas con aquello de que, en todo caso, no importa lo que ocurra, the show must go on.

Alberto del Campo Tejedor, Profesor Titular de Antropología Social, Universidad Pablo de Olavide

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