El multilateralismo al ritmo del bandoneón
La revolución tecnológica, la pandemia y la aceleración de la competencia estratégica entre EE.UU. y China marcan una época de una intensidad geopolítica excepcional.
Homero Mario Koncurat
28 de octubre de 2020

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Cuando las próximas generaciones vuelvan sobre sus pasos y miren hacia atrás, verán con mayor nitidez lo que nosotros ahora, tímidamente, empezamos a vislumbrar: el año 2020 será considerado un parteaguas en la historia de la humanidad. En efecto, la revolución tecnológica, la pandemia de Covid-19 y la aceleración de la competencia estratégica entre EE.UU. y China hacen de estos tiempos una época de una intensidad geopolítica excepcional.

Esta intensidad se expresa en el proceso electoral de los EE.UU. Su resultado no solo moldeará la vida de millones de estadounidenses durante los próximos cuatro años, sino que será determinante para el futuro de la agenda global y, con ello, para la sostenibilidad del sistema multilateral tal cual lo conocemos desde la segunda posguerra.

 La preocupación por la crisis del multilateralismo está a la orden del día desde hace algunos años, con una particular profundización durante la pandemia que estamos atravesando. Sin embargo, en lo hechos no parece ser así. Cambia la forma en que se está expresando el multilateralismo, pero no la certeza ampliamente extendida de este como forma de resolver los problemas de la humanidad. El ascenso de China, lejos de implicar una disolución del sistema multilateral está generando una nueva distribución de poder en el seno del mismo: EE.UU. se repliega y China avanza ocupando lugares de cada vez mayor relevancia. Si lo pensáramos en términos musicales, el multilateralismo sería un bandoneón: el fuelle se mueve, el instrumento es el mismo pero la música es otra y se corresponde con el inexorable cambio del eje gravitacional del mundo hacia Asia.   

 Sin embargo, este proceso no impide destacar algo evidente: para que el multilateralismo surgido en Bretton-Woods y San Francisco pueda (con los ajustes necesarios) seguir siendo el ordenador de la comunidad internacional, hay que analizar una de sus principales vigas maestras: la estabilidad institucional del sistema político estadounidense. Desde sus orígenes mismos, pero especialmente durante los últimos 75 años, este sistema ha demostrado ser exitoso y resiliente. Parte de su transformación como modelo triunfante luego de la caída de la Unión Soviética está vinculado a la fortaleza de una arquitectura institucional con elevada capacidad de estabilización interna. Ejemplo de ello fue la gestión de momentos de profunda crisis política y social (baste mencionar el magnicidio de Kennedy, el caso Watergate, las luchas civiles y sociales y el abandono del patrón oro, entre otros). Es decir, el sostenimiento del sistema de pesos y contrapesos ideado por Madison fue un Rubicón que la dirigencia estadounidense decidió que no debía nunca cruzar porque los costos serían muy elevados tanto en su política interna como en su política exterior. Existía un consenso sobre el marco de resolución de los conflictos. Hasta ahora.  

En las últimas semanas, el mundo entero está asistiendo al enrarecimiento del clima electoral y a un aumento de la tensión entre los contendientes Trump y Biden. Si bien en su último debate los candidatos a Vicepresidente Kamala Harris y Michael Pence se mantuvieron dentro de la cordialidad que hace a la tradición y naturaleza de esos encuentros, no hubo compromiso explícito respecto de dos temas de enorme importancia institucional: las garantías de reconocimiento del resultado electoral y el reemplazo de la jueza Bader Ginsburg en la Corte Suprema. Esto trae a la memoria la judicialización de la elección en el Estado de Florida en 2000, punto muerto rápidamente resuelto en ese entonces pero que en la actualidad podría tener consecuencias imprevisibles.

En resumidas cuentas, al igual que la previsibilidad china, la cohesión interna en la principal potencia global sigue siendo una condición sine qua non para la proyección del multilateralismo durante el presente siglo.  

Visto este contexto, se abre la posibilidad prever como mínimo, tres escenarios posibles:

1. Zugzwang[1]: cualquiera sea el resultado electoral, es decir, cualquiera sea la dirección en política exterior que tomen los EE.UU., el aumento del peso relativo de China es imparable, acelerando los cambios en la administración de orden global.

2. La victoria de posiciones más abiertas a la agenda multilateral permiten proyectar el camino hacia una bipolaridad concertada.

3. La victoria de posiciones reactivas al globalismo acentúan la asertividad de la política exterior de los EE.UU., dando lugar a una Nueva Contención en Asia-Pacífico y una mayor disputa estratégico-tecnológica por la hegemonía mundial.            

A partir del 3 de noviembre, el desafío principal de la comunidad internacional será buscar la forma de garantizar la estabilidad de cualquiera de estas tres posibilidades con las herramientas de un multilateralismo cuyos cambios reflejen las transformaciones materiales y simbólicas que atraviesa el mundo.


[1] En ajedrez, expresión que indica una posición en  la que cualquier movimiento implica empeorar la situación en la que está el jugador.

Académico