David tiene la esperanza de encontrar un sonido
Lebón, el mítico músico de Pescado Rabioso, Color Humano y Serú Girán, conmueve a una platea que parece inanimada, está conformada por autos. Hasta que el milagro de la música traspasa las chapas.
Pablo Calvo
28 de noviembre de 2020

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David Lebón atraviesa el túnel que corre por debajo de la pista del Hipódromo de Palermo. Cuando emerge, la luna está en cuarto creciente y faltan 500 metros para el disco. Él avanza despacio. A su izquierda ve un lago, a su derecha, gateras de caballos, puntos de partida con rueditas que le recuerdan que siempre estamos por comenzar.
Es el artista del año, del año de la pandemia, del año en que ganó seis premios Gardel, entre ellos el Gardel de Oro, y está nervioso como un chico, a punto de dar el concierto “Cuánto tiempo más llevará”.
Cansado del encierro por la cuarentena, le dijo al ministro de Cultura porteño, Enrique Avogadro, que él prefiere morirse arriba de un escenario, tocando. Y habló con un psiquiatra por “la pesadez en el aire” y porque necesitaba domar la ansiedad.
David tiene 68 años, guitarras Gibson, una correa de cuero donde las tachas dibujan su nombre y apodos varios. “Colonio” le decía Pappo, “Davies” le quedó de sus años en Miami y “Ruso” le gritan hoy, por su abuelo cosaco, que escapó de la revolución y tuvo una hija en China, que al tiempo se casó con un aviador inglés que se fue a la Segunda Guerra Mundial y nunca volvió.
Ella, Alexandra, se alistó como paracaidista y se convirtió en espía. La atraparon, la torturaron. Pudo escapar. Y recién cuando se sintió a salvo, en una Buenos Aires de luto por la muerte de Eva Perón, tuvo un hijo al que llamó Oscar David Lebón.

Ni caballos de carrera ni pogo, en el auto-recital de David Lebón. Cortesía We Prensa

Se sabe, de un árbol genealógico donde hay cosacos, paracaidistas y un entrenador de caballos de carrera, Manolo, el papá de David, es probable que salga un músico con capacidad para tocar cualquier cosa, guitarra, bajo, batería, armónica y piano. Y una voz grave, potente en los tonos agudos, de barítono ligero, una voz tan grande que te pueda mover.
Avanza David hacia el escenario del último concierto que dará en 2020. Va con su compañera de fierro, Patricia Oviedo. Por el lado interior de la pista, una brisa del pasado le recuerda que los burros eran la pasión de su padre. Hasta que un día, cuando Manolo se enteró de la victoria de Compinche, su percherón, sufrió un derrame cerebral, se aferró de la mano de su hijo de ocho años y se murió.
La vida de David Lebón merece un libro. Pero esta noche es distinta a todas y le ofrece un nuevo desafío.
Ya sabe lo que es dar un recital sin público, porque en medio de las sombras del coronavirus tocó por streaming desde el Movistar Arena. Pero ahora enfrenta a 700 personas que tocan bocina y hacen luces desde sus autos. Es la “nueva normalidad”: no hay avalanchas ni motos que van a mil, apena burbujas quietas de acero.
Lebón agradece, sabe agradecer, está conectado con la espiritualidad. “Hablé con Luisito Spinetta, que habla con Dios, para que vayamos hacia la vida y no hacia la muerte. Estuve los ocho meses de la cuarentena encerrado en casa, comiéndome las paredes, pero esto va a pasar”, suelta en la noche estrellada.

Lebón se eleva ante los autos quietos, encuentra un sonido, transmite su mensaje. Cortesía We Prensa.

Desliza también un guiño terrenal sobre las cosas que pueden hacerse adentro de un auto, como en los viejos autocines, y Julia Zenko, que está en la primera fila con un Clío, suelta un alarido, tan afinado que Lebón lo capta en medio del griterío.
Ella está con sus dos hijas, Elis y Laura. Son tres matorrales de pelo enrulado, tres voces perfectas, un coro fuera de programa festejado desde el auto de al lado con el brindis de dos copas de champán.
No hay tensión en el ambiente, sólo hay deseo, de recuperar canciones de otras épocas y otros mundos, de escuchar, de cantar, de sentir la caricia curativa de una melodía.

David sabe tender puentes emocionales. Su ser interior recorre armonías de Pescado Rabioso y Serú Girán, las transforma en energía, las transporta por el brazo donde tiene tatuado a Jimmy Hendrix y, cuando llegan hasta su mano, la púa se ilumina.
Sucede una vez más. El solo de guitarra de “Esperando nacer” confirma que su amor no es en vano. Lebón se eleva ante los autos quietos, encuentra un sonido, transmite su mensaje.
Toca “Noche de perros” en el Palermo de los caballos. Tony, su asistente, el que lo escucha con admiración en los videos del último disco, “David & Co.”, le acerca una botella de agua y David aprovecha para una afinada más.
Será generoso con la nostalgia. Suena “El tiempo es veloz” y de los autos con techo corredizo brotan cincuentones lagrimeantes, transportados a momentos felices. Lo explica la neurociencia: los recuerdos musicales sobreviven al paso del tiempo y las canciones con tempos lentos y moderados tienen el poder de perdurar. La emoción resiste al olvido.

El Artista del Año, tras cuatro décadas de carrera. ¿Cuánto tiempo más llevará? Cortesía We Prensa.


Con “Mundo agradable”, el coro que antes era de tres ángeles enrulados, ahora es de todos. “Calmar la sed, viajar en paz”.
Cuando sube la intensidad, suena “Ana no duerme”, de Spinetta, y “Suéltate rock and roll”, que tocó en otra vida con Pappo y hace poco con Polifemo.
Faltan tres temas y Lebón empuña “Encuentro con el diablo”, la elipsis irónica de una convocatoria a los músicos prohibidos que hizo el dictador Roberto Viola para maquillar su imagen, en 1981. David fue detenido y “picaneado en los huevos” en 1976, delatado, acusado de fumar marihuana y de salirse del margen.
Se le escurre la noche a David entre los dedos. Canta:

“Con el tiempo vas cambiando
y tus ojos van mirando más allá.
Cuánto tiempo más llevará.
Cuánto tiempo más llevará”.

Trata de aferrarse a la magia de estar aquí.

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Somos la imagen y la circunstancia. Elegimos fotografiarnos aunque en ello se nos vaya la vida. El peligro, el riesgo implícito es parte del placer junto con la anticipación de la recompensa de los 5 minutos de fama.