Medio siglo verde
La historia de la lucha de las mujeres argentinas para decidir sobre sus cuerpos. Tuvieron que pasar más de 50 años para que finalmente se aprobara la legalización del aborto. El comienzo de un camino para toda América Latina.
Jazmín Bazán
14 de enero de 2021

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El complejo 2020 culminó con una de las mayores ampliaciones en materia de derechos de los últimos años: la aprobación de la Interrupción Voluntaria del Embarazo. El presidente Fernández promulgó la ley en una tarde diáfana del enero porteño y, entre reflexiones, expectativas y un descanso merecido frente a las peleas que vendrán -contra las acciones legales de los grupos autodenominados “provida”, las instituciones que se nieguen a efectuar la práctica y los funcionarios provinciales que la condenen–, Gallo conversó con investigadoras y activistas. Ellas repasaron los orígenes de esta demanda, los momentos que marcaron que marcaron saltos y las figuras más destacadas del movimiento.

Las discusiones de los feminismos de los setenta y las izquierdas, el legado imborrable de Dora Coledesky -por quienes las oradoras del acto posterior a la votación se refirieron a una “ley Dora”- y la recuperación de organizaciones hoy desconocidas por muchas activistas jóvenes recorren este diálogo, que es historia y también una lente necesaria para ver hacia adelante.

Las “setentistas”: pioneras de la lucha

 “El derecho a una sexualidad libre, separada de la reproducción, era una demanda de las anarquistas, ya en la primera década del siglo XX. Pero fue en los años setenta cuando comenzó el cuestionamiento a la maternidad como destino inexorable de las mujeres y el activismo por el aborto legal”. Quien habla es Laura Pasquali, doctora en Historia, docente de la Universidad Nacional de Rosario y miembro de la Asociación Argentina para la Investigación en Historia de las Mujeres y Estudios de Género. De acuerdo con la especialista, organizaciones como la Unión Feminista Argentina (fundada en 1970) y el Movimiento de Liberación Femenina (creado dos años más tarde) fueron fundamentales en este proceso. Estas agrupaciones también tenían entre sus demandas la derogación de la ley que prohibía la difusión de los anticonceptivos y limitaba su uso. “¡Podríamos decir que fueron pioneras de la consigna ‘anticonceptivos para no abortar’!”, señala.

“Tanto la UFA como el MLF trataron de politizar la vida cotidiana y llevar a la vida pública problemas que eran considerados ‘personales’ o del ámbito privado. En ese sentido, se ocuparon tanto de la sexualidad, como de lo que conocemos como ‘trabajo reproductivo’ (las tareas del hogar, el cuidado de la familia). Sus militantes radicalizaron el discurso de la liberación sexual, tan en boga por esa época”, agrega Mónica Tarducci, doctora en Antropología, profesora y directora del Instituto de Investigaciones de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Manifestantes festejando en los alrededores del Congreso tras la media sanción en Diputados del proyecto que habilita la interrupción voluntaria del embarazo.

Pasquali cuenta que las feministas argentinas “miraban los desarrollos europeos con admiración, pero también con desconfianza”. Por un lado, estaban fuertemente influenciadas por las feministas de la “Segunda ola” (cuyos textos adquirían en el exterior) y adoptaron el modelo de consciousness-raising (reuniones o encuentros para generar “autoconciencia”). Por otro, “participaron activamente en las resistencias ante los modelos de relaciones sociales que imponían los capitales extranjeros y monopólicos”. La historiadora destaca las particularidades del contexto político en el cual se desarrollaba el movimiento local. Este estaba caracterizado por una gran convulsión social, así como por la alternancia entre dictaduras y gobiernos democráticos, con un “creciente cuestionamiento a las relaciones sociales capitalistas” desde diversos sectores.

En ese marco, los variados grupos de izquierda y el feminismo transitaron encuentros y tensiones. Pasquali subraya que “una parte considerable de la militancia feminista era también socialista” y cree que las rispideces no se agotan en las adhesiones a izquierdas o derechas. Destaca que “casi todas las organizaciones políticas de esa década se vieron obligadas a desarrollar políticas específicas hacia las mujeres… pese a que la mayoría no se declaraba feminista”. Claro que esto no agota el problema: aunque adhirieran explícitamente al feminismo, muchas corrientes ponían en marcha sus demandas. La estudiosa pone como ejemplo la reivindicación de un reparto más igualitario de las tareas domésticas, la cuestión de la militancia femenina y la propia exigencia del aborto. Como apunta Tarducci, sin embargo, no todas las organizaciones revolucionarias tomaban esta última bandera: de hecho, muchas consideraban la interrupción inducida del embarazo como “un arma del imperialismo” para controlar la natalidad en el tercer mundo o para atacar a las poblaciones resistentes.

Sobre estos puntos trabaja la doctora en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires, investigadora de Instituto Interdisciplinarios de Estudios de Género y becaria postdoctoral del CONICET, Catalina Trebisacce. Junto a Mónica Tarducci y Karin Grammático, escribió Cuando el feminismo era mala palabra. Algunas experiencias del feminismo porteño (2019). Ella plantea que ciertamente hubo una distancia entre ambos grupos. “En la revista del MLF hay una editorial de denuncia a la militancia política revolucionaria por subsumir a la militancia feminista a un segundo plano. Por otra parte, el feminismo de Ciudad de Buenos Aires -y también el internacional- estaba explorando la opresión específica de las mujeres y, en este análisis, ponía en suspenso otras determinaciones, como clase o raza”.

La cantante Susana Rinaldi en el acto por el Día de la Mujer.

Además, precisa que las organizaciones revolucionarias más grandes, como PRT o Montoneros, contaban con frentes de mujeres, pero no tenían al feminismo como identidad política (incluso llegaban a declararse “antifeministas”). Hay salvedades. “Dentro de lo que se han denominado las ‘nuevas izquierdas’ -por su carácter más heterodoxo- existieron incursiones experimentales a los feminismos. El Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y el Frente de Izquierda Popular ensayaron espacios de organización feminista que mantuvieron cierta autonomía relativa dentro de los partidos. Esto permitió que las militantes de estos partidos se acercaran a los feminismos autónomos porteños, representados en la UFA y el MLF, aunque las experiencias fueran cortas y no impregnaran en toda la estructura partidaria”, amplía.

En la misma línea, pondera que “a diferencia de otros partidos, el PST no solo fue crítico de los burocratismos y rigideces de los partidos de izquierda; sino que también se animó a ensayar un acercamiento al feminismo, que otras organizaciones veían como una desviación burguesa o importación capitalista”. Este partido postuló a la trabajadora Nora Ciapponi como candidata a vicepresidenta para los comicios generales de 1973. Entre sus propuestas estaban la venta libre de anticonceptivos, la protección a las madres solteras, las guarderías públicas y el aborto gratuito en hospitales públicos. Era la primera vez en Argentina que estos asuntos se llevaban a la arena de la política electoral, encima, de la mano de una mujer. Para Pasquali, esta exigencia de “libertad de amar y de abortar” fue ciertamente pionera, aunque la tilda de “excepción excepcional” (sic).

Trebisacce recalca que Ciapponi, al igual que otros dirigentes partidarios, tomaban estas demandas por sus contactos políticos con el Socialist Workers Party de Estados Unidos, donde el aborto era una posibilidad (ese año se legalizaría por el famoso fallo Roe vs. Wade) y se discutían libertades para las mujeres que acá no estaban.

En 1975 el PST dio por terminados sus lazos con la UFA y MLF. “El partido sostuvo la determinación de continuar con la militancia de la liberación de las mujeres… pero de las mujeres obreras y revolucionarias”. Eran días intensos, de giros bruscos en la coyuntura, marcados por el Rodrigazo, el surgimiento de las coordinadoras interfabriles y la persecución de la militancia en manos de la Triple A. Al año siguiente sobrevendría el último golpe de Estado, abriendo una de las etapas más oscuras de la historia argentina.

Los ochenta: “No a la maternidad, sí al placer”

La dictadura representó un fuerte golpe al feminismo y a todos los movimientos de cambio social. En 1980, la policía intervino las Primeras Jornadas sobre la Condición de la Mujer, convocadas por el Centro de Estudios Sociales de la Mujer Argentina. Surgieron algunas organizaciones, como la Unión de Mujeres Socialistas (1979) y la Organización Feminista Argentina (1981). Pero, en términos generales, la represión marcó el paso.

Durante la transición democrática, el feminismo volvió a emerger. En 1982 nació la Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer “25 de noviembre” (ATEM), que realizó el primer homenaje local al Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres. Muchas feministas que habían tenido un rol activo en los setenta, y se habían exiliado, regresaron al país; otras retomaron su militancia. Es el caso de Hilda Rais, quien había formado parte de la UFA y en 1983 fundó Lugar de Mujer. También ese año nació la Multisectorial de Mujeres. De acuerdo con Tarducci, esta estaba conformada por un “amplio abanico de mujeres de partidos políticos y organismos de derechos humanos” que comenzó a organizar la movilización por el Día Internacional de las Mujeres (el 8 de marzo).

En 1984 fue la primera vez en mucho tiempo que esta fecha se celebró al aire libre, en una plaza. “Como atestiguan las fotos de Mónica Hasenberg de carteles de ATEM o de Lugar de Mujer, la demanda del aborto estaba presente desde la recuperación de la democracia”, continúa Tarducci, retratada en varias fotos. Todavía recuerda algunas de las canciones, como aquella que versaba: “Qué destino, qué destino, muere una mujer por día por aborto clandestino”.

De esa jornada, surgió una imagen histórica: la feminista María Elena Oddone, militante del Movimiento de Liberación Femenina (MLF), en las escalinatas del Congreso, con un vestido blanco y un cartel que decía: “No a la maternidad, sí al placer”.

La ola verde festejando el triunfo frente al Congreso.

Una de las figuras feministas más trascendentes de esos años para la pelea por la Interrupción Legal del Embarazo fue Dora Coledesky: obrera, abogada y luchadora incansable. Tarducci detalla que, durante su destierro obligado, Dora había experimentado un recorrido personal, de la izquierda trotskista al feminismo. Es decir, “partió de una lucha emancipatoria general a una específica, por la liberación de las mujeres”. Entre sus aportes, la especialista destaca el eslogan: “Anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” -que después tomaría la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto- y la difusión de ideas avanzadas. Entre ellas, que la anticoncepción y el aborto no se contraponen; la importancia de una educación sexual adecuada; y la diferencia entre la despenalización (que no permite que las mujeres pudieran hacerse abortos en hospitales públicos) y legalización. La lista sigue. “Otro aspecto central, fue combatir la idea de que el aborto trae necesariamente grandes consecuencias psicológicas. Ella explicaba por qué, si existían traumas, se debían a cuestiones sociales, como el mandato de la maternidad impuesta y la religión. Además, propagandizó la noción de salud de la Organización Mundial de la Salud, que no solo contempla la ausencia de enfermedad, sino el bienestar psicofísico integral”, finaliza Tarducci.

Dora protagonizó un hito feminista ocurrido el 25 de noviembre de 1987. Ese día, ATEM convocó a una mesa de la que participaron notorias personalidades como ella, Laura Bonaparte (de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora), Marta Fontenla y Laura Klein -entre otras- donde se expuso por qué el derecho al aborto era fundamental para el feminismo. A partir del 8 de marzo del año siguiente, tomó forma la famosa Comisión por el Derecho al Aborto, a la que se incorporaron Safina Newbery, Alicia Chester, Rosa Farías (del Hospital Muñiz), entre otras mujeres. “¡Apenas poco después de que la patria potestad compartida y el divorcio fuesen un hecho! Esto muestra la tremenda voluntad militante de las feministas de los ochenta”, acota Pasquali. En el Encuentro Nacional de Mujeres de Mendoza de 1988 se realizó el primer taller autoconvocado sobre aborto, otra destacada marca en la lucha.

La Campaña Nacional por el Derecho al Aborto: verde que te quiero verde

El Encuentro feminista latinoamericano de San Bernardo, de 1990, constituyó otro paso del activismo por la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Al taller sobre aborto liderado por Dora, concurrieron destacadas activistas, como Florentina Gómez Miranda, al igual que mujeres de toda Latinoamérica. En esa reunión se designó el 28 de septiembre como Día Latinoamericano por la Legalización del Aborto. Las Católicas por el Derecho a Decidir también se presentaron como convocantes.

Tomando una nueva posta de un largo recorrido, feministas, activistas políticas, obreras de fábricas recuperada, organizaciones piqueteras y estudiantes asistentes al XVIII Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario, en 2003, sembraron la semilla de lo que sería la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto. Nuevamente, entre ellas estaba Dora, quien brindó un encendido discurso: “El aborto no es simplemente algo sectorial, estamos luchando por un cambio en el mundo”. La tarea continuó en el Encuentro siguiente, celebrado en Mendoza. “Surgió una Asamblea que se propuso construir una Campaña. Hubo una reunión fundante, en la cual se establecieron las consignas (“Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”), las primeras actividades, el pañuelo y el color”, recuerda Celeste Mac Dougall, una de sus integrantes.


DORA COLEDESKY, SÍMBOLO DE LA LUCHA HISTÓRICA POR EL ABORTO LEGAL

El lanzamiento oficial fue el 28 de mayo de 2005, es decir, el Día de Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres. Actualmente, como expresa Mac Dougall, la Campaña cuenta con la adhesión de cientos de organizaciones en todo el país. De manera federal, fue construyendo “sentidos” para lograr un apoyo social a esta temática. Durante los últimos quince años, contribuyó a la formación de redes, cátedras y agrupaciones estudiantiles, que permitieron masividad: lo que sus activistas llaman la ‘despenalización social’.

“Además, lo que pasó en 2018 fue la necesidad generalizada de participar de la lucha de manera organizada. Así, surgieron muchos colectivos. El más conocido es Actrices Argentinas, aunque hay un sinnúmero”, concluye Mac Dougall. Las miles de adolescentes y jóvenes que hace dos años se sumaron a la “marea verde” tomaron como propios los lemas de la Campaña, al igual que su símbolo, el pañuelo, que trascendió fronteras. En la madrugada del 30 de diciembre del año pasado, frente al Congreso, muchas de ellas aguardaron en vigilia la votación que consagró su reclamo. Si se mantuvieron en pie, es porque están paradas sobre hombros de gigantes. De algunas pioneras, queda el legado imborrable (como es el caso de Dora Coledesky, fallecida en 2009); otras siguen peleando y gozaron, finalmente, del esperado festejo.

“Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas”. Hace pocos días, irrumpió el 2021. Que la victoria no engañe. Los pañuelos siguen volando, floreciendo.

Académico